jueves, 14 de marzo de 2019

"Una mano pinta la otra".

Cuando toma la taza de café con ambas manos para calentarlas, su rostro evidencia, gradualmente, el color de la calidez que hace falta para soportar el invierno europeo. Y en uno de sus dedos, un anillo que aprisiona una piedra esmeralda, marca su afinidad con la estética, aunque su atuendo es informal y desprejuiciado. 
Vivir en Milan, la capital del diseño italiano, y ser hija de Guido Daniele, uno de los artistas plásticos más reconocidos por el público por su multipremiadas "manos pintadas", no da opciones, dice Ginevra Daniele, quien ostenta el mérito de tener "las manos más famosas del mundo", aunque, caminando por la calle, nadie lo note.
"Un día, cuando tenía 12 años, mi padre me pidió que le prestara mi mano para pintar sobre ella un guepardo. A partir de ese momento, fui su lienzo permanente y ya perdí la cuenta de la cantidad de animales que iban cobrando vida en mi piel, mientras charlábamos de cosas divertidas".
Ginevra se siente orgullosa de ser el soporte físico de la obra de Guido Daniele. Y cada vez que él le propone encarar un nuevo proyecto relacionado con esta temática a la que llamaron "Handimals", ella siente que el arte le permitió vincularse con su padre de una manera muy especial, porque de haber sido de otro modo, hubiese sido imposible hablar con él, encerrado tantas horas en su atelier.
"Cuando terminaba una obra -cuenta Ginevra con cierta nostalgia- la mirada de mi padre se encendía. Luego de sacarle una foto, se quedaba contemplando mi mano inmovil, sabiendo que todo se iría por el desagüe de la pileta cuando mi madre gritara: ¡a lavarse las manos que la cena está lista!".



sábado, 9 de marzo de 2019

"Impredecible".

Cuando sabemos exactamente lo que va a pasar, y pasa, nos alegramos de confirmar que al fin hemos entendido cómo funciona el mundo. Pero cuando lo impredecible se hace presente, surge la mágica vivacidad de lo inesperado, y el mundo, con sus aconteceres, nos vuelve a sorprender.
Scarlet Page es la hija del legendario Jimmy Page, en otros tiempos, pilar fundamental de "Led Zeppelin".
Su pasión por la fotografía la llevó a participar en exposiciones en donde el motivo central era la imagen de los mejores guitarrista de todo el mundo.
Este año expone en Buenos Aires y, para el diseño de su "afiche" promocional, eligió a alguien que no es su padre. Para sorpresa de todos, el afortunado es Paul Weller. Pero tampoco retrató su rostro, sino sus manos
Pretendiendo bucear en los confines de los pensamientos de Scarlet, a la hora de encontrarle un "porqué" a tal resolución estética, me encontré con un abanico de "tal vez" y se me ocurrió pensar en estos: Tal vez porque en las manos de Paul están representadas la vida, la obra, los éxitos y los fracasos de lo que con sus manos pudo ejecutar. Tal vez porque esas manos, envolviendo tiernamente a su guitarra, muestran al único matrimonio que con su instrumento pudo consolidar, sin interrupciones, a lo largo del tiempo. Tal vez, porque el sutil sonido de la guitarra sólo es posible crearlo cuando el silencio de las cuerdas se doblegan ante la caricia suave de esas manos.
Tal vez porque las manos de Paul Weller son las heroninas anónimas que construyeron su fama y nunca tuvieron la oportunidad de aparecer, al menos por una vez, en una tapa de la Rolling Stone.


martes, 5 de marzo de 2019

"Las manos de un alfarero".

Dicen que cuando un artesano está pariendo una de sus obras, parte de su energía queda impregnada en la pieza terminada, y esa fuerza la envuelve para siempre, como un aura, donde quiera que esté. Y hoy, que observo con disimulada nostalgia el jarrón que me lleva a recordar aquel día en Bucaramanga, el túnel del tiempo me transporta al momento en que las manos de Marcos Vega Isidro parieron ese regalo para mí.
No fue más que parar para ofrecernos a llevarlo en nuestro jeep, en medio de un camino calurosamente polvoriento y maltratador de caminantes, que accedió entre gentil y sorprendido.
Al llegar al barrio de Floridablanca, donde el GPS indicaba la ubicación de nuestro hostel, Marcos insistió en invitarnos a su casa a almorzar.
Su argumento, con musical cadencia colombiana, no nos dio otra opción mas que aceptar, fundamentando que él no se había negado cuando lo invitamos a subir al jeep.
El olor a arcilla que exhalaba la casa, confirmaba lo que Marcos nos había contado cuando le preguntamos dónde podíamos comprar artesanías.
"Yo soy alfarero", nos dijo, con brillo en los ojos y orgullo en el pecho. Tal vez -pensamos- podríamos comprarle algunas cosas a él y así ahorrarnos el recorrido de un circuito desconocido.
Verlo trabajar, tomando un bollo de barro como punto de partida, fue asistir al milagro de una alquimia que le dio forma, en pocos minutos, a lo que sería la manifestación de su generosidad.
Porque no sólo nos agasajó con sus sabrosísimas arepas, regadas con abundante aguardiente, sino que además nos regaló un jarrón a cada uno, que luego de darles forma, hornearlos y dejarlos estacionar por unos dias, nos lo envío por encomienda, sin cargo alguno.
Sin dudas, esa energía vive ahora en mi casa. La energía que generó ese momemto tan sublime en donde la sensibilidad de Marcos se transformó en el artífice que impulsó la danza de sus prodigiosas manos. 




sábado, 16 de febrero de 2019

"Vocación".

El abogado defensor -con apenas unos meses de graduado- presentó ante el juez pruebas tan contundentes a favor de su cliente que le permitieron empezar a crecer en su autoconfianza, pronunciando un alegato final tan conmovedor como eficaz, confirmando firmemente que su defendido debía ser absuelto ya, de manera inmediata.
El padre del joven abogado -también abogado- presenciaba, expectante, el juicio. El derecho, más que una pasión, había sido un mandato familiar por generaciones.
El juez, absorto por lo abrumador de las evidencias, dictó su veredicto: "Se declara al acusado inocente".
A pesar de que la decisión del juez causó gran alegría, nadie festejó en la sala. Todos guardaron un respetuoso silencio, hasta que por un altavoz se oyó decir: ¡¡Corteen!! ¡¡Los actores quedan liberados!! ¡¡Película terminada!!
Ahora sí. Estallido estruendoso de aplausos y abrazos entre "el acusado" y "el juez".
El padre del defensor no entendía nada.
-¿Estábamos dentro de una película?-lo interrogó desconcertado.
-Si. -comfirmó el hijo, con vestigios de culpa-. Como te habrás dado cuenta, no soy el abogado que a vos te hubiese gustado que fuese, soy actor.
-Sin embargo sigo creyendo que sos un excelente abogado -respondió el padre, entre sorprendido y emocionado-. Y para que yo me creyese que estaba frente a un excelente abogado, tuviste que haber sido, antes, un extraordinario actor. Te felicito hijo. Lo hiciste increíblemente bien. Defendiste con garra tu vocación. ¡Dame un abrazo!
Esa noche hubo cena con actores. Y algunas selfies donde aparecían, abrazados, "el defensor", el padre del "defensor", "el acusado" y, obviamente, "el juez".




jueves, 7 de febrero de 2019

"Casualidades".

Las tapas de los diarios que mostraban en simultáneo lo más dramático del accidente, eran tan elocuentes como escalofriantes. Un camión de galletitas "Cristalitas" que estaba parado en la ruta por desperfectos mecánicos, había sido embestido por un ómnibus de turistas que se dirigía a los balnearios. Ubicar a los camarógrafos y reporteros gráficos a determinada distancia -ni un metro más, ni un metro menos-, detrás de una cinta policial, no fue producto de ningún protocolo de procedimientos, ni de la casualidad. Fue la ocurrencia espontánea de Félix Stella, jefe de publicidad de "Cristalitas", quien, mediante un paquete de incentivos económicos, logró que el personal policial, los cámaras y los fotógrafos hicieran su trabajo de tal manera que la marca impresa en el camión accidentado, se exhibiera la mayor cantidad de veces por minuto, durante todo el día. Paradójicamente, subieron las ventas.
-Debería aprender de la creatividad de Stella -le recriminó el dueño de la empresa a Leo Ortiz, quien competia para ocupar el puesto de jefe-. Es más, -subrayó el patrón- éste mes pienso aumentarle el sueldo por sus méritos.
Un mes despues, un camión de "Cristalitas" sufre otro accidente. Tras perder el control, al doblar en una curva, el vehículo volcó, dando de lleno contra la salida de un shopping.
Otra vez, tapa de noticias.
-Alli está Stella haciendo su magia -se burló el dueño, mirando a Ortiz, mientras se enteraban de las noticias por tv.
-Esta vez, el aumento de sueldo debería ser para mí. -respondió Ortiz.
-¿Acaso pretende adjudicarse méritos ajenos? -se sorprendió el dueño.
-No, pero esta vez las ventas subirán más por mi influencia
que por la de Stella. ¿O quién cree usted que mandó a aflojar los frenos del camión?




jueves, 25 de octubre de 2018

"Del lado del acompañante".

Allí estaba yo. Parado en medio de la nada, al costado de la ruta, como único testimonio viviente de un desierto infinito. El vapor que soplaba la tapa del radiador de la camioneta aconsejaba parar un rato para dejar enfriar el motor y la turbina de mis pensamientos. El sol se empeñaba en descargar toda su furia sobre mí como una forma de cobrarse mis deudas con la vida. Bajo del vehículo para atrapar todo el aire posible, porque sentía que ya no podía más y las fuerzas me estaban abandonando. Me alejo unos metros de mi vieja chata para estirar las piernas, y al volver, observo que la cantidad de magullones que cubrían la carrocería eran un claro resumen de lo mal que siempre la traté por causa de mis explosivas metidas de patas al manejar. A veces, intencionalmente; otras, sin querer, descargué en ella todas mis frustaciones sin darme cuenta de que, a pesar de mis cambios de humor, ahí estaba, siempre dispuesta a llevarme sin reclamarme nada. Como una fiel servidora, celosa de cumplir correctamente su misión. Hasta que el persistente calor del sol y el de mis pensamientos, hicieron que de repente casi fundiera el motor. Por eso pensé que se merecía hasta el último bidón de agua que me quedaba, como una forma de pedirle perdón por tanto maltrato injustificado. La boca del radiador se tragó todo el agua sin respirar. Volví a sentarme al volante y, casi como esperándote, como una perfecta premonición planificada, apareciste de la nada. Respondiendo a mis pedidos al cielo. Confirmando una vez más que cuando todo parece estar destinado al naufragio, en el último segundo, aparece el rescate. Y ocupando el lugar del acompañante -me acuerdo como si fuese hoy- me propusiste cambiar los roles y empezar a manejar vos. En el estado en que me encontraba, fue la propuesta más extraordinaria que me podían haber hecho. Y debo reconocer que acepté, tragándome el orgullo que en otras épocas me hubiese impedido dejar que otro osara tocar mi chata, sólo porque me sentía totalmente desbordado. No fue más que bajar de un salto y dar la vuelta para sentarme a tu derecha y ver en tus manos la seguridad del que toma el volante con determinación, y en tus ojos, un brillo de alegría que sólo podía traducirse con una sola palabra: fidelidad.  Porque nunca dejaste de ser fiel a tus promesas. Siempre me ofreciste una mano y nunca quise aceptarla. Hasta que, sin recursos ni alternativas, sentí que caiste justo en el lugar indicado, en el momento oportuno. Y me alegré por eso. Y entré en un estado de resurrección que con el tiempo me di cuenta que fue lo más parecido a un milagro. Lo cierto es que de copiloto todo empezó a verse diferente. Me acuerdo que pisaste el acelerador y mi espalda se pegó al instante al respaldo del asiento, haciéndome suponer que la velocidad iba a ser el nuevo idioma con el que nos íbamos a comunicar. A los diez segundos bajaste el ritmo y a partir de ahí todo empezó a ser más relajado. Pusiste música nueva para mi, me sugeriste que era buen momento para empezar a descansar, y que dormir un rato no me vendría nada mal y te hice caso. Me dejé llevar por lo envolvente de la música y, por primera vez en años, tuve un sueño tan placentero del que me costó despertarme. A la noche cena en una estación de servicio de la ruta. Yo, vinito; vos, agua mineral. Obvio, te declaré conductor designado.
Hoy, ni siquiera me tomo el trabajo de leer los mapas para saber dónde estaremos mañana porque ya no existe el mañana. Y porque ahora el que maneja sos vos. A vos te entregué el título de propiedad, la cédula verde y la caja de herramientas para que te hicieras cargo de la chata, de mi vida y de mí. Y al parecer, no me está yendo nada mal. Supe darme cuenta a tiempo de que solo no iba a poder. Por eso te llamé. Te invoqué cual ritual para hacer llover y apareciste. Y no te pienso dejar ir nunca más.  Porque recién hoy puedo comprobar que no hay mejor lugar para disfrutar de una segunda oportunidad en el viaje de la vida que desde el lugar más  divertido y más relajado que podía existir: del lado del acompañante.


sábado, 20 de octubre de 2018

"Viaje exploratorio hacia el patio del fondo".

El día se manifestaba en todo su esplendor transcurriendo en una cálida tarde de sol. Después de almorzar y no pudiendo salir a caminar a ningún otro lado más que al patio del fondo, por prescripción médica, decidí que la observación de la naturaleza microscópica convertiría a ese espacio de dos por dos en una infinita llanura poblada de seres ignorados por la urgencia de la cotidianeidad. Sentarse en el piso es dar el primer paso para entender que para explorar ese universo habrá que estar dispuesto a sacrificar la pulcritud de la ropa y usar como apoyo la panza y los codos, si lo inesperado de los acontecimientos así lo requieren. Y, como si fuera yo un reportero gráfico que sale a buscar un elefante verde -y sorprendentemente, lo encuentra- también, de manera sorprendente, encontré mi "elefante". Una ramita seca, caminando sola, es lo primero que me llamó la atención. Me lancé al piso para confirmar que esa ramita no podía moverse por sí sola. Y me tranquilicé, con perversa satisfacción, cuando la realidad me mostró lo que para mí siempre fue una verdad absoluta: los milagros no existen. Era imposible que esa ramita se autopropulsara en el aire sin la intervención de alguien más. Y ahí la vi. Allí estaba. Una hormiga negra. De las que cada primavera se abastecen de las macetas de nuestro mínimo jardín. Ésta era una hormiga con carácter. Fuerte. Musculosa. Determinada. Concentrada en su misión. Cumpliendo con los designios de la Naturaleza. Inmutable frente a los obstáculos que dificultaban su marcha. Ciega ante todas las circunstancias que a cada rato le decían: "Con esa carga gigante no vas a llegar a tu agujero". El viento que remolineaba en el patio le volaba la ramita. Ella, sin desprenderse un segundo de su carga, volaba también unos cuantos centímetros más atrás para volverse a incorporar y empezar otra vez. Porque cuando hay una fuerza extraordinaria como el viento que puede jugar a nuestro favor, a veces, también nos sopla en contra. Después de avanzar con sacrificio poco más de un metro durante un tiempo del que perdí conciencia, mi hormiga se encontraba frente al desafío de escalar una piedra. Con semejante peso que superaba varias veces el suyo y un viento que amenazaba con aniquilar todo lo conseguido hasta hora, mi hormiga se paró frente a la piedra, respiró hondo y la encaró. Y digo "mi" hormiga porque a esta altura ya me había convertido en su fan número uno y empecé a alentarla. ¡¡Vamos Negri todavía!!. Por un momento tuve la tentación de correrle la piedra. Pero después pensé en la sabiduría de la Naturaleza: Y que Dios nunca carga más peso del que uno podría soportar. Y dejé que los hechos siguieran transcurriendo sin mi intervención. Aunque -pensé- si yo hubiese estado en esa situación, ¿me hubiese aliviado que desapareciera la piedra? ¡Obvio que sí! Ojalá tuviese yo una mínima parte del coraje, la determinación y la perseverancia que tiene Negri.
Pero no la tengo. Y esa tarde, después de un viaje plagado adversidades que se oponían a que Negri llegara a su casa, finalmente, pudo depositar la ramita frente a una grieta que se colaba a través de un zócalo. Inmediatamente salieron a recibirla como veinte hormigas que se encargaron de hacer entrar la comida a los empujones. Y yo aprendí que cuando hay un propósito claro, un deseo ardiente de cumplir con una meta y una voluntad casi obsesiva por alcanzar lo deseado, nada, absolutamente nada puede detenerte. Negri pegó la vuelta y emprendió otra vez para el lado de las macetas que en su mundo estaban a varios kilómetros de distancia. La siguieron otras cinco hormigas más que cuando se juntaron, hizo que ya no pudiese distinguirla entre las demás y quedara sumida en el anonimato. Pero allí iba ella. Desafiante. Decidida. Sin premios ni reconocimientos. Impulsada únicamente por la satisfacción de hacer lo que se debe hacer, de una única manera: siempre excelente. Tal vez a Negri nunca la van distinguir con una medalla y una foto consagrándola como la hormiga del mes, pero hoy estoy seguro de que es la única hormiga en todo el hormiguero cuyo rostro es objeto de observación en las redes sociales.¿Quién dijo que los milagros no existen?