Dicen que cuando un artesano está pariendo una de sus obras, parte de su energía queda impregnada en la pieza terminada, y esa fuerza la envuelve para siempre, como un aura, donde quiera que esté. Y hoy, que observo con disimulada nostalgia el jarrón que me lleva a recordar aquel día en Bucaramanga, el túnel del tiempo me transporta al momento en que las manos de Marcos Vega Isidro parieron ese regalo para mí.
No fue más que parar para ofrecernos a llevarlo en nuestro jeep, en medio de un camino calurosamente polvoriento y maltratador de caminantes, que accedió entre gentil y sorprendido.
Al llegar al barrio de Floridablanca, donde el GPS indicaba la ubicación de nuestro hostel, Marcos insistió en invitarnos a su casa a almorzar.
Su argumento, con musical cadencia colombiana, no nos dio otra opción mas que aceptar, fundamentando que él no se había negado cuando lo invitamos a subir al jeep.
El olor a arcilla que exhalaba la casa, confirmaba lo que Marcos nos había contado cuando le preguntamos dónde podíamos comprar artesanías.
"Yo soy alfarero", nos dijo, con brillo en los ojos y orgullo en el pecho. Tal vez -pensamos- podríamos comprarle algunas cosas a él y así ahorrarnos el recorrido de un circuito desconocido.
Verlo trabajar, tomando un bollo de barro como punto de partida, fue asistir al milagro de una alquimia que le dio forma, en pocos minutos, a lo que sería la manifestación de su generosidad.
Porque no sólo nos agasajó con sus sabrosísimas arepas, regadas con abundante aguardiente, sino que además nos regaló un jarrón a cada uno, que luego de darles forma, hornearlos y dejarlos estacionar por unos dias, nos lo envío por encomienda, sin cargo alguno.
Sin dudas, esa energía vive ahora en mi casa. La energía que generó ese momemto tan sublime en donde la sensibilidad de Marcos se transformó en el artífice que impulsó la danza de sus prodigiosas manos.
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