viernes, 11 de diciembre de 2015

"El socio"

Tensión sexual.

Es lo que se respira en el aire de la peluquería de Antonio cuando una mujer apenas cruza el umbral.
Y no porque Antonio lo genere, no.  Lejos de él estaría causarlo, un tipo tan femenino.

La excitación viene por otro lado.

Tal vez, la fantasía, alimentada por la curiosidad, fueron generando un mito que, de manera creciente, empuja a algunas mujeres a querer develar la incógnita de un intrigante  misterio: el socio de Antonio.

Se dice que “el socio”, como lo llaman en voz baja algunas clientas, también es peluquero.

Se dice que atiende sólo los viernes por la noche y que se accede a él mediante una tarjeta magnética con ingreso de clave que abre determinada puerta de la peluquería.

Se dice que padece de fotosensibilidad en el rostro, por lo que trabaja siempre con una máscara que le cubre por completo la cara.

Que para alcanzar la total relajación de las clientas recurre a los beneficios que le aporta la hipnosis como técnica de persuasión; y que su voz, envuelta en sonidos musicales que crean el clima propicio para dejarse llevar, es irresistiblemente convincente.

Se dice que es un experto en masajes faciales, que, al cabo de unos minutos de comenzada la sesión, se trasladan a la nuca y terminan –sin que nadie pueda intentar algún tipo de resistencia- en zonas de acceso restringido.

Que tiene en su menú de servicios desde un sofisticado y exclusivo peinado hasta la noche más alucinante de sexo y pasión que una mujer en su vida haya podido tener. 

Se dice que en algún tiempo atrás, Antonio y el socio pudieron haber sido pareja.

Se dice…

La tarde, lentamente,  fue apagándose con las horas y Buenos Aires luce su encantadora magia nocturna, encendida en los negocios de la Av. Santa Fe.

En la peluquería de Antonio, el ritmo frenético con que había transcurrido todo el día va disminuyendo de a poco y, una hora antes de cerrar, sólo queda una clienta que espera su turno acompañada de una adolescente, con quien mantiene una charla muy entretenida.
Es Amanda, la esposa del juez Martínez Estrada.  Clienta de años. Muy dedicada a convencer a sus amigas a que adopten a Antonio como su peluquero de confianza. Y exageradamente generosa a la hora de pagar.

-No te preocupes, Antonio, que no vinimos a peinarnos –dice Amanda, con una voz de abuela tan cálida como consentidora de caprichos infantiles-. Vine a presentarte a Prixila, mi nieta. Quiero que la conozcas. Mañana festeja sus quince y quería que vieras como tiene el cabello para que vayas pensando qué peinado le quedaría mejor.

Antonio cae, en un instante, en un estado de tranquilizante relajación al saber  que con dos o tres frases de manual podrá despachar a Amanda y su nieta de manera elegante pero supersónica, aprovechando que, antes de lo previsto, su día ya terminó. Feliz de comprobar que ya no queda nadie esperándolo, encara su último acto con la mejor sonrisa.

-Prixila tiene un cabello hermoso –dice, mientras las yemas de sus dedos recorren un  mechón de pelo que exhibe una luminosa suavidad- y por nada del mundo debería cortárselo. Además, ella es muy bonita, y estoy seguro que cualquier peinado que le hagamos  le va a quedar espectacular.

-Entonces, ¿la  puedo mandar mañana, que venga sola?

-¡Pero por supuesto, Amanda!  –mientras se van dirigiendo hacia la puerta de salida- quedate tranquila que Prixila se va a enamorar de mí como lo estás vos hace años. –y estallan los dos en una estruendosa carcajada.

-Prixila, ésta es tu casa y hacé de cuenta que ya somos familia, eh?

La chica apenas esboza una sonrisa en señal de obligada cortesía y a Antonio le queda la incógnita de cómo sería su tono de voz. Las despide con un beso y, al cerrar la puerta, levanta su cabeza al cielo como agradeciéndole a Dios el milagro de la charla breve que lo lleva de inmediato a iniciar el ansiado ritual del cierre del local.

La noche profundiza su oscuridad avanzada las horas y en un rincón del salón vip de la peluquería, en penumbras, se refleja la silueta de un hombre que tiene concentrada su mirada en un vaso de whisky cuyo témpano de hielo gira impulsado por la yema de su dedo.

Es el socio.

Que espera comenzar su noche de trabajo. Como si fuese un genio que salió de una lámpara para cumplir el deseo de alguna mujer poderosa que ansía sentirse deseada.

El reloj marca que ya son las 12 y todo está listo para que, una vez escuchado el sonido de la puerta accionada por la tarjeta magnética, todo pueda suceder. Desde lo imaginado hasta lo inesperado.
Y lo inesperado sucede.

-¡Prixila! ¿Qué hacés acá?

-Empezamos bien. Que ya sepas mi nombre es un detalle que me sorprende y me seduce a la vez.-responde Prixila con un tono de voz tan seguro y contundente que le produce al socio un escalofriante temor.

-Hoy le tocaba a mi abuela ¿no? Bueno, no te preocupes, que si no encuentra la tarjeta, no va a venir. Se la robé. Sin que se diera cuenta. Y a la clave la copié de su agenda que tiene marcado en flúor el turno de hoy. Así que todo lo que tenías preparado para ella, me lo podés hacer a mí. Y cuando digo “todo”, quiero decir TODO. ¿Empezamos?

El socio está paralizado. La situación lo tomó por sorpresa.

Prixila parece haber asesinado a la nena que acompañaba a su abuela para dejar salir una maléfica amazona de mirada amenazante y ardiente, dispuesta a conseguir lo que sea, sin que exista nada que la pueda detener. De repente, sus dedos trepan hasta uno de los botones  de su camisa y mientras se muerde lentamente los labios, como si fuera un músico capaz de tocar su instrumento sin mirarlo, desabrocha el escote para profundizar la tensión.

Para el socio, nada podría ser más catastrófico que encontrarse medio ebrio a esa altura de la noche, con una menor a punto de desnudarse, que es nada menos que la nieta de uno de los jueces más poderosos de la Argentina y en una situación cuyo control parece no estar en sus manos.
De inmediato reacciona, como si hubiese recibido una bofetada que lo rescata de un mal sueño.

-¡Prixila, vos no podés estar acá! Tenés que irte ¡ya!
-¡Te juro que nadie se va a enterar! ¡Te prometo que nadie lo va a saber! –se defiende Prixila, cambiando el tono de voz con la misma velocidad con que se había convertido en amazona.

El socio advierte el inesperado repliegue de la chica y aprovecha ese pequeño instante de debilidad para apabullarla con un grito estremecedor que la cubre de miedo.

-¡Te vaaas, yaaaa! ¡Y no me obligues a tener que sacarte a la fuerza!
-¡Está bien! ¡Ya me voy! ¡Ya me voy!-responde ella, intentando un tono conciliador.

Para el socio, el tiempo parece haberse detenido y lo que falta para que Prixila salga por la misma puerta por la que había entrado, es una eternidad. La máscara con que se cubre el rostro está a punto de reventar empujada por la presión que le genera el ritmo acelerado del corazón.

Prixila, lentamente, va acercándose a la puerta, aceptando su estrepitosa derrota. El socio sigue sus pasos de cerca para asegurarse de que, una vez cruzado el umbral, todo haya terminado definitivamente. Al llegar a la puerta y como si fuese un condenado a muerte que pide su último deseo, Prixila apela a la sensibilidad del socio para que le conceda su última voluntad.

-¿Puedo darte un beso?

Él sabe que negarse sería prolongar el momento de manera interminable, y sólo quiere acelerar el tiempo para que todo acabe de una vez. Acepta. Y sin pensarlo, se vuelve a poner en manos de esa adolescente que, por un momento, le pateó el tablero.

Ella se pone frente a él y lo mira, iluminándolo con el resplandor de sus ojos verdes que irradian la vivacidad de una niña que, por un instante, multiplicó su edad. Se acerca despacio, tranquila, a tal punto que logra envolverlo con el cautivante aroma de su excitante perfume. Lo roza con sus pechos y extiende sus brazos para aferrarse a él tomándolo del cuello para acercarse a su boca. Sus labios, tan frescos, tan rojos, pintados de rush, van recorriendo el camino que conducirá hacia los de un hombre tan confundido como inseguro de estar haciendo lo correcto. El socio cierra los ojos para concentrar en su boca la más dulce de las sensaciones. 
Pero Prixila lo besa en el cuello. 
Como quien deja una marca indeleble que adjudica que alguien es de su propiedad. Como quien busca, en un beso desviado, dejar algo inconcluso que en algún momento se completará.

Sin dejar de mirarlo, se pone frente a la puerta. La abre, y con una última mirada, desaparece en la oscuridad de la noche, tan silenciosamente como había llegado.

El sol que ilumina la tarde del sábado comienza a retirarse a ritmo lento. El pronóstico meteorológico anuncia que será una noche espectacular, situación que garantiza que el cumple de Prixila al aire libre, en una quinta de Olivos, será todo un éxito.

Desde temprano, Antonio la está peinando y una cómplice alegría entre los dos los muestra felices de saber que será una fiesta inolvidable. Aparece Amanda, supervisando que todo vaya de acuerdo a lo planeado. Una camioneta espera a Prixila para llevarla a vestirse para las primeras fotos. Con un último retoque al peinado, Antonio la despide acordando volver a verse en unas horas en la fiesta. Prixila lo saluda con un beso y al despedirse coloca en sus manos una nota doblada en cuatro.



Con la camioneta alejándose por la avenida, Antonio se sienta en su escritorio y abre prolijamente la nota en la que se lee: “Si no aprendés a limpiarte bien el rush del cuello, alguien más podría descubrir ... quién es el socio”.






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