El ruido es estruendoso.
Justo en el momento en que el cajero automático me escupe las tres lucas que necesito.
Como acto reflejo, miro a través del reflejo de la pantalla y veo que a mis espaldas hay un tipo con casco de motoquero dando un paso hacia atrás para emprenderla nuevamente contra la puerta pegándole una patada.
Y otra vez el estruendo que hace temblar todos los vidrios.
Y otra vez el estruendo que hace temblar todos los vidrios.
Minutos antes, estaba puteando contra los cajeros automáticos que no me permitían sacar más de tres lucas por vez. Con lo urgente que necesito esa guita para cerrar la compra de una moto en efectivo. Y ahora, les estoy agradeciendo el ser tan canutos. De no haber sido así, la pérdida hubiese sido mayor. Porque no cabe ninguna duda: el tipo viene por mi dinero.
De ahora en más, voy a manejarme sólo con transferencias bancarias, me prometo.
Pero ya es demasiado tarde.
Guardo la plata rápidamente, con la leve impresión de que enseguida estaré obligado a sacarla más rápido todavía, y me doy vuelta para ponerme de frente al chorro y enfrentar la situación.
Ya estoy jugado.
Prisionero en una pecera, cual ratón que espera ser devorado por un tigre, sólo queda esperar que este hijo de puta abra la puerta de vidrio y así comprobar qué tiene el destino reservado para mí.
Dicen que, segundos antes de morir, aparece en tu mente una síntesis de tu vida, que pasa rápidamente como en una película. No sé por qué, pero a mí me aparecen las cosas que me quedaron por hacer, Incluso la reparación del flotante del tanque que está rebalsando agua hace semanas.
Ahora el tipo intenta abrir la puerta con una tarjeta. ¿El tipo? En realidad, es de estatura baja y de cuerpo más bien pequeño. Más vale que venga con una Magnum 44, como mínimo, de lo contrario, aunque jamás en mi vida me agarré a trompadas con nadie, soy capaz de asesinarlo con mis propias manos para salvar mi vida. Y las tres lucas.
Sigo escaneando su cuerpo para calcular qué tan amenazante podría ser y veo que tiene puestas unas calzas deportivas que le marcan hasta el detalle el contorno de las piernas que son musculosas y bien proporcionadas.
Sigo subiendo con la mirada y me detengo en lo ancho de sus caderas que, unidas al busto prominente que se escapa del escote, me permiten deducir que es... ¡una mina!
Me acerco lentamente a la puerta y noto que el acrílico del casco está completamente empañado.
En el mismo momento en que mi instinto me dice que el peligro ha desaparecido, con las dos manos haciendo fuerte presión hacia arriba, ella se saca el casco con dificultad.
En el mismo momento en que mi instinto me dice que el peligro ha desaparecido, con las dos manos haciendo fuerte presión hacia arriba, ella se saca el casco con dificultad.
Abro la puerta.
Simultáneamente, se despliega ante mí la magia de su cabellera rubia, ondulada, deslumbrantemente brillante, que encandila con su juvenil luminosidad.
De repente, un par de ojos verdes, desafiantes, se clavan en mi mirada para manifestar su urgencia por entrar al cajero.
Sus pupilas se dilatan al verme.
-¡David!
-¡Andrea! –respondo con la misma cara de asombro con la que ella me mira.
-No sabía que había alguien adentro y, por el reflejo del sol, desde acá afuera no se puede ver si el cajero está ocupado o no. Disculpame.
-Todo bien, Andrea. Pensé que ibas a tirar la puerta abajo –le digo para ensayar una respuesta obvia que me ayude a salir del shock de haberme topado con ella.
-Es que estoy re apurada. En casa me espera mi ex que se tiene que ir a laburar y me pidió prestado un dinero. ¡Y esta puerta que no se abría! ¡Es una historia larga! ¿me hacés un favor? –me dice con la voz entrecortada y la respiración agitada por la urgencia de tener que salir corriendo para quien sabe qué otro lugar.
-Sí, Andrea, decime.
-¿Me esperás dos minutos que saco plata y después quería preguntarte algo?
-Sí, dale. Hacé tranquila que te espero.
Andrea Bárbara Ríos. La confirmación de lo chico que es el mundo y dónde me la vengo a encontrar. La permanencia de esa idea de que alguna vez me robó el alma y, por alguna rara coincidencia, la sensación de que, creyéndola un ladrón, otra vez me venía a robar.
Andrea Bárbara Ríos. El nombre de una causa perdida cuando mi ingenuidad y mi adicción a la adrenalina me hacían esperarla en los lugares menos esperados para convencerla de que yo podría llegar a ser la excepción que su vida estaba necesitando.
La forma más cruda de entrenarme en el arte de aprender a salir indemne de las permanentes demostraciones de humillación y desprecio, coronados por la indiferencia.
La cara oculta de mi adolescente vocación por la creatividad para inventar las mil formas impensadas de acercarme a ella.
Andrea Bárbara Ríos. La síntesis de mis eternas noches de insomnio. El potente impulso de mi inspiración exaltada por un infinito firmamento de hormonas que confluían en ardientes poemas de amor.
Andrea Bárbara Ríos. En el pasado, el único motivo por el cual yo tenía futuro. Hoy, una de las causas por la que padezco mi presente.
Pero ¿qué podría ser tan importante que tenía para preguntarme que la llevó a dirigirme la palabra cuando desde siempre fue una esmerada especialista en no hacerlo?
Podría haberme ignorado, como lo hizo siempre, y hacer como que no me vio.
La puerta del cajero se abre rápidamente.
Sonriente. Dispuesta. Accesible. Tan al alcance de mis sentidos que sospecho que este instante es un sueño.
-¿Vos creés en el destino, David? -me acribilla sin anestesia
-Si. -le respondo con la misma velocidad con que me disparó la pregunta- De hecho, hace unos minutos me estaba preguntando qué tendría el destino reservado para mí cuando te veía intentando tirar abajo esa puerta. -y otra vez me fusila con esa sonrisa tan penetrante que me atraviesa el alma- y mirá en lo que terminó.
-Bueno, me alegra que también coincidamos en eso, porque yo sí creo firmemente que fue el destino el que nos puso aquí, aunque hayan pasado tantos años sin vernos. ¿Y sabés qué, David? Y
o sabía que en algún momento nos íbamos a volver a encontrar. O porque el destino lo haya querido así, o porque yo te buscase, aunque sea con el pensamiento.
-¿Que vos me buscases? -la interrumpo para hacerle el consabido pase de factura- ¿Desde cuándo? Si siempre te empeñaste en hacerme saber que lo último que hubieras querido en la vida era encontrarte conmigo.
-¿Desde cuándo? -me responde con tono desafiante y casi apunto de perder el control-Desde el día en que decidiste no buscarme más, David. A partir del momento en que le pusiste punto final a tu acoso diario para convencerme de que fuera tu novia, a partir de ése momento... -hace una pausa durante la cual casi se queda sin aliento mientras se abraza a su casco, bajando la mirada para dar paso a su voz casi inaudible, inhibida por el rubor que le causa la confesión de un secreto- ...a partir de ése momento... te empecé a extrañar.
¡Noo!!!!, Si lo que quería el destino era mostrarme las formas más insólitas de sorprenderme, lo está logrando con lo que me está confiando Andrea.
-Si bien al principio me daba mucha bronca que me persiguieras por todos lados -me aclara- con el tiempo me fui, digamos, que acostumbrando. Tal es así que cuando desapareciste de repente de mi vida, me quedé sin alguien a quien le importase mucho. Porque para hacer las cosas más increíbles que vos hiciste por mi, había que estar o muy enamorado o muy loco. Y vos, creo que tenías los dos problemas.
Me dejo hundir en el océano de sus ojos verdes y comienzo a sospechar que todo lo que suceda, de ahora en más, será absolutamente impredecible. Que mi vida empieza a tomar otro curso y que, a partir de ahora, todos mis planes se fueron al tacho porque cualquier cosas puede pasar.
-Dejé la moto acá a la vuelta, en la vereda del "Bar Irlanda". ¿nos tomamos un café?
Confirmado: cualquier cosa puede pasar.
-Pero ¿tu ex no te está esperando en tu casa para que le lleves la plata?
Me devuelve una sonrisa que por unos segundos hace desaparecer al mundo que transcurre en la vereda.
-Ahora que el destino me acercó otra vez a vos, -se levanta en puntas de pie para susurrarme al oído- ¿mi ex?...puede esperar.
-¿Vos creés en el destino, David? -me acribilla sin anestesia
-Si. -le respondo con la misma velocidad con que me disparó la pregunta- De hecho, hace unos minutos me estaba preguntando qué tendría el destino reservado para mí cuando te veía intentando tirar abajo esa puerta. -y otra vez me fusila con esa sonrisa tan penetrante que me atraviesa el alma- y mirá en lo que terminó.
-Bueno, me alegra que también coincidamos en eso, porque yo sí creo firmemente que fue el destino el que nos puso aquí, aunque hayan pasado tantos años sin vernos. ¿Y sabés qué, David? Y
-¿Que vos me buscases? -la interrumpo para hacerle el consabido pase de factura- ¿Desde cuándo? Si siempre te empeñaste en hacerme saber que lo último que hubieras querido en la vida era encontrarte conmigo.
-¿Desde cuándo? -me responde con tono desafiante y casi apunto de perder el control-Desde el día en que decidiste no buscarme más, David. A partir del momento en que le pusiste punto final a tu acoso diario para convencerme de que fuera tu novia, a partir de ése momento... -hace una pausa durante la cual casi se queda sin aliento mientras se abraza a su casco, bajando la mirada para dar paso a su voz casi inaudible, inhibida por el rubor que le causa la confesión de un secreto- ...a partir de ése momento... te empecé a extrañar.
¡Noo!!!!, Si lo que quería el destino era mostrarme las formas más insólitas de sorprenderme, lo está logrando con lo que me está confiando Andrea.
-Si bien al principio me daba mucha bronca que me persiguieras por todos lados -me aclara- con el tiempo me fui, digamos, que acostumbrando. Tal es así que cuando desapareciste de repente de mi vida, me quedé sin alguien a quien le importase mucho. Porque para hacer las cosas más increíbles que vos hiciste por mi, había que estar o muy enamorado o muy loco. Y vos, creo que tenías los dos problemas.
Me dejo hundir en el océano de sus ojos verdes y comienzo a sospechar que todo lo que suceda, de ahora en más, será absolutamente impredecible. Que mi vida empieza a tomar otro curso y que, a partir de ahora, todos mis planes se fueron al tacho porque cualquier cosas puede pasar.
-Dejé la moto acá a la vuelta, en la vereda del "Bar Irlanda". ¿nos tomamos un café?
Confirmado: cualquier cosa puede pasar.
-Pero ¿tu ex no te está esperando en tu casa para que le lleves la plata?
Me devuelve una sonrisa que por unos segundos hace desaparecer al mundo que transcurre en la vereda.
-Ahora que el destino me acercó otra vez a vos, -se levanta en puntas de pie para susurrarme al oído- ¿mi ex?...puede esperar.
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