lunes, 21 de diciembre de 2015

"Alma bendecida".

Quiso el destino ahogarte el alma herida,
atravesándola de lleno con su espada
para que de tu triste ser no quede nada
más que la crueldad mortal de estar con vida.
.
Pero supiste darle, al fin, la bienvenida
a la lucha tenaz, desesperada,
cuando entendiste que en cada encrucijada
se esconde, al mismo tiempo, la salida.
.
Por eso, hoy no te asusta la caída
que cuanto más veces repetida,
más te enseñó a seguir como si nada.
.
Porque hoy sabés que un alma acorralada,
si se atreve a la prueba superada,
se convierte en un alma bendecida.




domingo, 20 de diciembre de 2015

"El Padre del Blues".

Que suenen las violas,
los bajos, los vientos,
que truenen las batas,
se encienda la luz.
Toquemos alegres,
zapemos contentos
que nos está viendo
El Padre del Blues.

Vayamos al fondo
de los sentimientos
para devolverle
nuestra gratitud.
Tocándole el alma
a cada instrumento
que nos está oyendo
El Padre del Blues.

Tomemos la posta
que él fue construyendo
con fuerza, con garra,
con genio y virtud.
Mostrando el orgullo
que estamos sintiendo
de estar aprendiendo
del Padre del Blues.

No estaremos solos
en ningún momento,
él nos acompaña
desde el cielo azul.
Mientras un acorde
reviente el silencio
estará sonriendo
El Padre del Blues.



sábado, 19 de diciembre de 2015

"Te vamos a enseñar a robar"

Al principio puede ser que caiga una simple gota.
Sutil. Solitaria. Absolutamente insignificante, incapaz de modificar nada.

Al rato, puede ser que caigan dos.
Después diez. Después un litro, cien o un millón
y todo se convierta
en una extraordinaria catarata que lo arrase todo.

Así, algunas veces, comienzan las cosas.

Todo comenzó con una trafic acercándose lentamente por Av. Coronel Diaz,
una fresca mañana de primavera, mientras el aroma a minutas que exhalaban los bares
anunciaba que faltaba poco para el medio día.
El vehículo se detuvo en la intersección con Güemes.

Al abrirse la puerta corrediza de la trafic,
se deslizaban lentamente, intentando posarse sobre la vereda,
un par de piernas perfectas, cuyo color de tacos aguja coincidía
con el de la apretada minifalda.

Una diosa salida de las pasarelas de Paris luciendo
un sensual y glamoroso trajecito celeste.

Dejarse desabrochados dos botones de la camisa,
profundizando el escote, formaba parte de un estudiado manual de instrucciones.

Y así, lentamente, otras diosas con variadas tonalidades de piel y cabello
fueron descendiendo de la trafic hasta formar un equipo de diez.

Inmediatamente, bajaron dos tipos que parecían ser asistentes.
Todos atentos a un tercero, quién, con carpeta en mano
y un handy pegado permanentemente al oído, daba las órdenes.

A cada una de las promotoras se les entregó una pila de tarjetas que repartirían entre la gente.
Todo estaba listo para dar inicio al operativo.

Las conversaciones de los que estaban sentados en la vereda de los bares cercanos
dejaron de referirse a sus temas particulares para centrarse en el espectáculo
de las “modelos” paseándose por la avenida.
Más de uno desperdició su café dejándolo enfriar.

Mientras el coordinador consultaba la hora mirando el handy,
les ordenaba a sus chicas que comenzara la acción.

El objetivo era contactar a los pibes que salían de los colegios secundarios de la zona.
Y cual león que selecciona su presa, la identifica, la sigue, la alcanza y la aparta de la manada,
cada promotora concentraba su visón en un estudiante que, solo o en manada,
transitara por las inmediaciones de la Av. Santa Fe.

El título de la tarjeta, del tamaño de un volante y de cartón duro, decía:
“TE VAMOS A ENSEÑAR A ROBAR”. En letras blancas, mayúsculas con fondo negro.
Al darla vuelta, se leía: “Porque cuando conozcas nuestra nueva forma de enseñar Matemáticas,
vas a aprobar por afano”. Y más abajo el logo del “Instituto de Matemáticas Mileto”.

Cada estudiante recibió una tarjeta
y en poco menos de 15 minutos ya se habían agotado.

Satisfechos con la misión cumplida, todo el equipo comenzó a subir a la trafic.

Como quien pretende separarla de la manada,
la voz de un chico detiene el andar de una promotora obligándola a darse vuelta.

-Hola! –Dijo Lucas, el “Harry Potter” de la clase, un cuerpo tan pequeño
y una mente tan enorme con tan sólo 12 años.

-Hola! –Respondió Marianela, una rubia de mirar de esmeralda
cuya estatura la obligaba a agacharse, casi inconscientemente,
cada vez que hablaba con un chico.

- Así que ustedes me podrían enseñar a robar? –Preguntó Lucas,
casi seguro de que su presa estaba próxima a caer
porque él había decidido apropiarse del rol del león.

- Y vos qué querés robar? -Indagó Marianela,
envuelta en su más dulce sonrisa maternal.

-Tu corazón! –Fue la respuesta.

La trafic se alejó del lugar perdiéndose
en un océano de autos llevados por la onda verde.

Y en una de las mesas de Pizza Donna,
charlaban -licuado de banana mediante-
un pequeño e incipiente conquistador
y una deslumbrante “modelo” salida de las pasarelas de París.


viernes, 18 de diciembre de 2015

"Qué más quisiera yo"

Qué más quisiera yo que te quedaras,
cuando tus ojos me preguntan si es que puedes
hospedarte en mi corazón por unas horas,
y quedarte a vivir conmigo para siempre.

Qué más quisiera yo que me abrazaras,
cuando tus manos me rozan casualmente,
incitando a las mías hacia un viaje
que las lleven a explorar tu continente.

Qué más quisiera yo que me dijeras
lo que en secreto atesoras en tu mente,
para que queden grabadas tus palabras
en lo más hondo de mi alma, eternamente.

Qué más quisiera yo que me pidieras
que no vuelvan jamás las despedidas,
si yo puedo convertirme en tu perfume
y vos la rosa más suave y colorida.

Qué más quisiera yo que me invitaras
a celebrar la magia de la vida,
agradeciéndole a Dios que nuestras almas,
al encontrarse, ya fueron bendecidas.


sábado, 12 de diciembre de 2015

"Milagro de Dios"

Fue en ese instante en que la vida, simplemente,
pierde la mágica razón de ser vivida
y mil demonios empujan a la mente
al precipicio que antecede a la caída.
.
Fue en ese instante en que tan sólo se entiende

que es preciso encontrar una salida
que anestesie el dolor que, lentamente,
se revuelve, sin piedad, en cada herida.
.
Fue en ese instante en que, inexorablemente,

cual capitán de una fragata hundida,
busca un resguardo para que toda su gente
pueda salvarse y, luego, se suicida.
.
En ese instante se detuvo, de repente,

el disparo final de mi agonía
cuando tu mano se posó, cálidamente,
como un milagro de Dios, sobre la mía.



viernes, 11 de diciembre de 2015

"El socio"

Tensión sexual.

Es lo que se respira en el aire de la peluquería de Antonio cuando una mujer apenas cruza el umbral.
Y no porque Antonio lo genere, no.  Lejos de él estaría causarlo, un tipo tan femenino.

La excitación viene por otro lado.

Tal vez, la fantasía, alimentada por la curiosidad, fueron generando un mito que, de manera creciente, empuja a algunas mujeres a querer develar la incógnita de un intrigante  misterio: el socio de Antonio.

Se dice que “el socio”, como lo llaman en voz baja algunas clientas, también es peluquero.

Se dice que atiende sólo los viernes por la noche y que se accede a él mediante una tarjeta magnética con ingreso de clave que abre determinada puerta de la peluquería.

Se dice que padece de fotosensibilidad en el rostro, por lo que trabaja siempre con una máscara que le cubre por completo la cara.

Que para alcanzar la total relajación de las clientas recurre a los beneficios que le aporta la hipnosis como técnica de persuasión; y que su voz, envuelta en sonidos musicales que crean el clima propicio para dejarse llevar, es irresistiblemente convincente.

Se dice que es un experto en masajes faciales, que, al cabo de unos minutos de comenzada la sesión, se trasladan a la nuca y terminan –sin que nadie pueda intentar algún tipo de resistencia- en zonas de acceso restringido.

Que tiene en su menú de servicios desde un sofisticado y exclusivo peinado hasta la noche más alucinante de sexo y pasión que una mujer en su vida haya podido tener. 

Se dice que en algún tiempo atrás, Antonio y el socio pudieron haber sido pareja.

Se dice…

La tarde, lentamente,  fue apagándose con las horas y Buenos Aires luce su encantadora magia nocturna, encendida en los negocios de la Av. Santa Fe.

En la peluquería de Antonio, el ritmo frenético con que había transcurrido todo el día va disminuyendo de a poco y, una hora antes de cerrar, sólo queda una clienta que espera su turno acompañada de una adolescente, con quien mantiene una charla muy entretenida.
Es Amanda, la esposa del juez Martínez Estrada.  Clienta de años. Muy dedicada a convencer a sus amigas a que adopten a Antonio como su peluquero de confianza. Y exageradamente generosa a la hora de pagar.

-No te preocupes, Antonio, que no vinimos a peinarnos –dice Amanda, con una voz de abuela tan cálida como consentidora de caprichos infantiles-. Vine a presentarte a Prixila, mi nieta. Quiero que la conozcas. Mañana festeja sus quince y quería que vieras como tiene el cabello para que vayas pensando qué peinado le quedaría mejor.

Antonio cae, en un instante, en un estado de tranquilizante relajación al saber  que con dos o tres frases de manual podrá despachar a Amanda y su nieta de manera elegante pero supersónica, aprovechando que, antes de lo previsto, su día ya terminó. Feliz de comprobar que ya no queda nadie esperándolo, encara su último acto con la mejor sonrisa.

-Prixila tiene un cabello hermoso –dice, mientras las yemas de sus dedos recorren un  mechón de pelo que exhibe una luminosa suavidad- y por nada del mundo debería cortárselo. Además, ella es muy bonita, y estoy seguro que cualquier peinado que le hagamos  le va a quedar espectacular.

-Entonces, ¿la  puedo mandar mañana, que venga sola?

-¡Pero por supuesto, Amanda!  –mientras se van dirigiendo hacia la puerta de salida- quedate tranquila que Prixila se va a enamorar de mí como lo estás vos hace años. –y estallan los dos en una estruendosa carcajada.

-Prixila, ésta es tu casa y hacé de cuenta que ya somos familia, eh?

La chica apenas esboza una sonrisa en señal de obligada cortesía y a Antonio le queda la incógnita de cómo sería su tono de voz. Las despide con un beso y, al cerrar la puerta, levanta su cabeza al cielo como agradeciéndole a Dios el milagro de la charla breve que lo lleva de inmediato a iniciar el ansiado ritual del cierre del local.

La noche profundiza su oscuridad avanzada las horas y en un rincón del salón vip de la peluquería, en penumbras, se refleja la silueta de un hombre que tiene concentrada su mirada en un vaso de whisky cuyo témpano de hielo gira impulsado por la yema de su dedo.

Es el socio.

Que espera comenzar su noche de trabajo. Como si fuese un genio que salió de una lámpara para cumplir el deseo de alguna mujer poderosa que ansía sentirse deseada.

El reloj marca que ya son las 12 y todo está listo para que, una vez escuchado el sonido de la puerta accionada por la tarjeta magnética, todo pueda suceder. Desde lo imaginado hasta lo inesperado.
Y lo inesperado sucede.

-¡Prixila! ¿Qué hacés acá?

-Empezamos bien. Que ya sepas mi nombre es un detalle que me sorprende y me seduce a la vez.-responde Prixila con un tono de voz tan seguro y contundente que le produce al socio un escalofriante temor.

-Hoy le tocaba a mi abuela ¿no? Bueno, no te preocupes, que si no encuentra la tarjeta, no va a venir. Se la robé. Sin que se diera cuenta. Y a la clave la copié de su agenda que tiene marcado en flúor el turno de hoy. Así que todo lo que tenías preparado para ella, me lo podés hacer a mí. Y cuando digo “todo”, quiero decir TODO. ¿Empezamos?

El socio está paralizado. La situación lo tomó por sorpresa.

Prixila parece haber asesinado a la nena que acompañaba a su abuela para dejar salir una maléfica amazona de mirada amenazante y ardiente, dispuesta a conseguir lo que sea, sin que exista nada que la pueda detener. De repente, sus dedos trepan hasta uno de los botones  de su camisa y mientras se muerde lentamente los labios, como si fuera un músico capaz de tocar su instrumento sin mirarlo, desabrocha el escote para profundizar la tensión.

Para el socio, nada podría ser más catastrófico que encontrarse medio ebrio a esa altura de la noche, con una menor a punto de desnudarse, que es nada menos que la nieta de uno de los jueces más poderosos de la Argentina y en una situación cuyo control parece no estar en sus manos.
De inmediato reacciona, como si hubiese recibido una bofetada que lo rescata de un mal sueño.

-¡Prixila, vos no podés estar acá! Tenés que irte ¡ya!
-¡Te juro que nadie se va a enterar! ¡Te prometo que nadie lo va a saber! –se defiende Prixila, cambiando el tono de voz con la misma velocidad con que se había convertido en amazona.

El socio advierte el inesperado repliegue de la chica y aprovecha ese pequeño instante de debilidad para apabullarla con un grito estremecedor que la cubre de miedo.

-¡Te vaaas, yaaaa! ¡Y no me obligues a tener que sacarte a la fuerza!
-¡Está bien! ¡Ya me voy! ¡Ya me voy!-responde ella, intentando un tono conciliador.

Para el socio, el tiempo parece haberse detenido y lo que falta para que Prixila salga por la misma puerta por la que había entrado, es una eternidad. La máscara con que se cubre el rostro está a punto de reventar empujada por la presión que le genera el ritmo acelerado del corazón.

Prixila, lentamente, va acercándose a la puerta, aceptando su estrepitosa derrota. El socio sigue sus pasos de cerca para asegurarse de que, una vez cruzado el umbral, todo haya terminado definitivamente. Al llegar a la puerta y como si fuese un condenado a muerte que pide su último deseo, Prixila apela a la sensibilidad del socio para que le conceda su última voluntad.

-¿Puedo darte un beso?

Él sabe que negarse sería prolongar el momento de manera interminable, y sólo quiere acelerar el tiempo para que todo acabe de una vez. Acepta. Y sin pensarlo, se vuelve a poner en manos de esa adolescente que, por un momento, le pateó el tablero.

Ella se pone frente a él y lo mira, iluminándolo con el resplandor de sus ojos verdes que irradian la vivacidad de una niña que, por un instante, multiplicó su edad. Se acerca despacio, tranquila, a tal punto que logra envolverlo con el cautivante aroma de su excitante perfume. Lo roza con sus pechos y extiende sus brazos para aferrarse a él tomándolo del cuello para acercarse a su boca. Sus labios, tan frescos, tan rojos, pintados de rush, van recorriendo el camino que conducirá hacia los de un hombre tan confundido como inseguro de estar haciendo lo correcto. El socio cierra los ojos para concentrar en su boca la más dulce de las sensaciones. 
Pero Prixila lo besa en el cuello. 
Como quien deja una marca indeleble que adjudica que alguien es de su propiedad. Como quien busca, en un beso desviado, dejar algo inconcluso que en algún momento se completará.

Sin dejar de mirarlo, se pone frente a la puerta. La abre, y con una última mirada, desaparece en la oscuridad de la noche, tan silenciosamente como había llegado.

El sol que ilumina la tarde del sábado comienza a retirarse a ritmo lento. El pronóstico meteorológico anuncia que será una noche espectacular, situación que garantiza que el cumple de Prixila al aire libre, en una quinta de Olivos, será todo un éxito.

Desde temprano, Antonio la está peinando y una cómplice alegría entre los dos los muestra felices de saber que será una fiesta inolvidable. Aparece Amanda, supervisando que todo vaya de acuerdo a lo planeado. Una camioneta espera a Prixila para llevarla a vestirse para las primeras fotos. Con un último retoque al peinado, Antonio la despide acordando volver a verse en unas horas en la fiesta. Prixila lo saluda con un beso y al despedirse coloca en sus manos una nota doblada en cuatro.



Con la camioneta alejándose por la avenida, Antonio se sienta en su escritorio y abre prolijamente la nota en la que se lee: “Si no aprendés a limpiarte bien el rush del cuello, alguien más podría descubrir ... quién es el socio”.






miércoles, 9 de diciembre de 2015

"Andrea".

El ruido es estruendoso. 
Justo en el momento en que el cajero automático me escupe las tres lucas que necesito.
Como acto reflejo, miro a través del reflejo de la pantalla y veo que a mis espaldas hay un tipo con casco de motoquero dando un paso hacia atrás para emprenderla nuevamente contra la puerta pegándole una patada. 

Y otra vez el estruendo que hace temblar todos los vidrios.

Minutos antes, estaba puteando contra los cajeros automáticos que no me permitían sacar más de tres lucas por vez. Con lo urgente que necesito esa guita para cerrar la compra de una moto en efectivo. Y ahora, les estoy agradeciendo el ser tan canutos. De no haber sido así, la pérdida hubiese sido mayor. Porque no cabe ninguna duda: el tipo viene por mi dinero.

De ahora en más, voy a manejarme sólo con transferencias bancarias, me prometo.
Pero ya es demasiado tarde.

Guardo la plata rápidamente, con la leve impresión de que enseguida estaré obligado a sacarla más rápido todavía, y me doy vuelta para ponerme de frente al chorro y enfrentar la situación.
Ya estoy jugado.
Prisionero en una pecera, cual ratón que espera ser devorado por un tigre, sólo queda esperar que este hijo de puta abra la puerta de vidrio y así comprobar qué tiene el destino reservado para mí.

Dicen que, segundos antes de morir, aparece en tu mente una síntesis de tu vida, que pasa rápidamente como en una película. No sé por qué, pero a mí me aparecen las cosas que me quedaron por hacer, Incluso la reparación del flotante del tanque que está rebalsando agua hace semanas.

Ahora el tipo intenta abrir la puerta con una tarjeta. ¿El tipo? En realidad, es de estatura baja y de cuerpo más bien pequeño. Más vale que venga con una Magnum 44, como mínimo, de lo contrario, aunque jamás en mi vida me agarré a trompadas con nadie, soy capaz de asesinarlo con mis propias manos para salvar mi vida. Y las tres lucas.

Sigo escaneando su cuerpo para calcular qué tan amenazante podría ser y veo que tiene puestas unas calzas deportivas que le marcan hasta el detalle el contorno de las piernas que son musculosas y bien proporcionadas.
Sigo subiendo con la mirada y me detengo en lo ancho de sus caderas que, unidas al busto prominente que se escapa del escote, me permiten deducir que es... ¡una mina!
Me acerco lentamente a la puerta y noto que el acrílico del casco está completamente empañado. 
En el mismo momento en que mi instinto me dice que el peligro ha desaparecido, con las dos manos haciendo fuerte presión hacia arriba, ella se saca el casco con dificultad.
Abro la puerta.
Simultáneamente, se despliega ante mí la magia de su cabellera rubia, ondulada, deslumbrantemente brillante, que encandila con su juvenil luminosidad.
De repente, un par de ojos verdes, desafiantes, se clavan en mi mirada para manifestar su urgencia por entrar al cajero.
Sus pupilas se dilatan al verme.
-¡David!
-¡Andrea! –respondo con la misma cara de asombro con la que ella me mira.
-No sabía que había alguien adentro y, por el reflejo del sol, desde acá afuera no se puede ver si el cajero está ocupado o no. Disculpame.
-Todo bien, Andrea. Pensé que ibas a tirar la puerta abajo –le digo para ensayar una respuesta obvia que me ayude a salir del shock de haberme topado con ella.
-Es que estoy re apurada. En casa me espera mi ex que se tiene que ir a laburar y me pidió prestado un dinero. ¡Y esta puerta que no se abría! ¡Es una historia larga! ¿me hacés un favor? –me dice con la voz entrecortada y la respiración agitada por la urgencia de tener que salir corriendo para quien sabe qué otro lugar.
-Sí, Andrea, decime.
-¿Me esperás dos minutos que saco plata y después quería preguntarte algo?
-Sí, dale. Hacé tranquila que te espero.

Andrea Bárbara Ríos. La confirmación de lo chico que es el mundo y dónde me la vengo a encontrar. La permanencia de esa idea de que alguna vez me robó el alma y, por alguna rara coincidencia, la sensación de que, creyéndola un ladrón,  otra vez me venía a robar.
Andrea Bárbara Ríos. El nombre de una causa perdida cuando mi ingenuidad y mi adicción a la adrenalina me hacían esperarla en los lugares menos esperados para convencerla de que yo podría llegar a ser la excepción que su vida estaba necesitando.
La forma más cruda de entrenarme en el arte de aprender a salir indemne de las permanentes demostraciones de humillación y desprecio, coronados por la indiferencia.
La cara oculta de mi adolescente vocación por la creatividad para inventar las mil formas impensadas de acercarme a ella.
Andrea Bárbara Ríos. La síntesis de mis eternas noches de insomnio. El potente impulso de mi inspiración exaltada por un infinito firmamento de hormonas que confluían en ardientes poemas de amor.
Andrea Bárbara Ríos. En el pasado, el único motivo por el cual yo tenía futuro. Hoy, una de las causas por la que padezco mi presente.
Pero ¿qué podría ser tan importante que tenía para preguntarme que la llevó a dirigirme la palabra cuando desde siempre fue una esmerada especialista en no hacerlo?
Podría haberme ignorado, como lo hizo siempre, y hacer como que no me vio.

La puerta del cajero se abre rápidamente.
Y ahí está ella.
Sonriente. Dispuesta. Accesible. Tan al alcance de mis sentidos que sospecho que este instante es un sueño.
-¿Vos creés en el destino, David? -me acribilla sin anestesia
-Si. -le respondo con la misma velocidad con que me disparó la pregunta- De hecho, hace unos minutos me estaba preguntando qué tendría el destino reservado para mí cuando te veía intentando tirar abajo esa puerta. -y otra vez me fusila con esa sonrisa tan penetrante que me atraviesa el alma- y mirá en lo que terminó.
-Bueno, me alegra que también coincidamos en eso, porque yo sí creo firmemente que fue el destino el que nos puso aquí, aunque hayan pasado tantos años sin vernos. ¿Y sabés qué, David? Y
o sabía que en algún momento nos íbamos a volver a encontrar. O porque el destino lo haya querido así, o porque yo te buscase, aunque sea con el pensamiento.
-¿Que vos me buscases? -la interrumpo para hacerle el consabido pase de factura- ¿Desde cuándo? Si siempre te empeñaste en hacerme saber que lo último que hubieras querido en la vida era encontrarte conmigo.
-¿Desde cuándo? -me responde con tono desafiante y casi apunto de perder el control-Desde el día en que decidiste no buscarme más, David. A partir del momento en que le pusiste punto final a tu acoso diario para convencerme de que fuera tu novia, a partir de ése momento... -hace una pausa durante la cual casi se queda sin aliento mientras se abraza a su casco, bajando la mirada para dar paso a su voz casi inaudible, inhibida por el rubor que le causa la confesión de un secreto- ...a partir de ése momento... te empecé a extrañar.

¡Noo!!!!, Si lo que quería el destino era mostrarme las formas más insólitas de sorprenderme, lo está logrando con lo que me está confiando Andrea.

-Si bien al principio me daba mucha bronca que me persiguieras por todos lados -me aclara- con el tiempo me fui, digamos, que acostumbrando. Tal es así que cuando desapareciste de repente de mi vida, me quedé sin alguien a quien le importase mucho. Porque para hacer las cosas más increíbles que vos hiciste por mi, había que estar o muy enamorado o muy loco. Y vos, creo que tenías los dos problemas.

Me dejo hundir en el océano de sus ojos verdes y comienzo a sospechar que todo lo que suceda, de ahora en más, será absolutamente impredecible. Que mi vida empieza a tomar otro curso y que, a partir de ahora, todos mis planes se fueron al tacho porque cualquier cosas puede pasar.


-Dejé la moto acá a la vuelta, en la vereda del "Bar Irlanda". ¿nos tomamos un café?

Confirmado: cualquier cosa puede pasar.
-Pero ¿tu ex no te está esperando en tu casa para que le lleves la plata?
Me devuelve una sonrisa que por unos segundos hace desaparecer al mundo que transcurre en la vereda.
-Ahora que el destino me acercó otra vez a vos, -se levanta en puntas de pie para susurrarme al oído- ¿mi ex?...puede esperar.


martes, 1 de diciembre de 2015

"Vía de escape frente a la muerte"

Mañana fría en Buenos Aires. 
El café me sienta oportuno, desperezando lentamente los sentidos que reciben el comienzo de un nuevo día, perfumado con aroma de medialunas frescas, en la mesa de un bar de la avenida San Juan. 
El humito que exhala mi taza serpentea frente a mis ojos, mientras miro la tele clavada eternamente en TN. 
De repente, una noticia sale de la pantalla para materializarse en forma de lanza contundente que se clava en mi pecho: "Toda una familia murió carbonizada al incendiarse la casa que habitaban en el barrio de Villa Devoto. Al llegar los bomberos, pudieron comprobar la presencia de los cuerpos pegados frente a la reja de una ventana que les impidió escapar de las llamas".
El contacto de mis labios con el café, ya congelado, me rescata de la parálisis con que me dejó la noticia. 
Como quien recibe una trompada para despertar de un shock, vuelvo a la realidad sintiendo que el tiempo apremia, que no puedo dejar pasar esta noticia como una más, y que tengo que hacer algo para que estas vidas que se fueron no se hayan ido en vano y sirvan para salvar a otras familias que pudieran estar en igual situación. 
Como siempre, en cada cruzada que me propongo atravesar, recurro a mi eterna salvadora en casos  de emergencia: Mariela.
-Hola David. ¿Qué pasó tan temprano? ¡No me asustes!
-Quedate tranquila, Mariela, que está todo bien. Sólo quería que me pases un dato.¿Vos te acordás del dueño de la fábrica de aberturas?
-¿El que le filmamos la publicidad en la playa?
-El mismo.
-Sí, ¿qué pasa?
-¿Me podrías pasar el número? Necesito ubicarlo.
-Te lo estoy enviando por Whatsapp.

Armando Quinteros es el sucesor en una fábrica de aberturas que heredó de su padre. Hablamos el mismo idioma. Compartimos la misma visión de los negocios estimulados por la creatividad. De ahí que fue el primero, entre sus competidores, en contratar una agencia de publicidad -en la que trabajo- para posicionar sus productos. Y no se equivocó.

En menos de media hora, estoy sentado en su oficina para comentarle mi proyecto que, para que sea factible, necesito transformarlo en una necesidad de mercado que su empresa "ya" está en condiciones de satisfacer.
-La cosa es muy simple, Armando -comienzo sabiendo que este empresario es un ferviente fanático de la efectividad sostenida por la simpleza-. La idea es comenzar a fabricar una ventana que tenga una reja incorporada, que se pueda abrir desde adentro apretando un botón. Las rejas protegen a la gente de cualquier peligro externo, pero ¿qué pasa si ese peligro viene del interior de la casa y la salida principal está bloqueada?
Armando parece estar bajo los efectos de un trance. Cual estatua del pensador, coloca su mano en el mentón dando inicio a su cadena de elucubraciones. Sé que está haciendo cálculos a la velocidad de la luz para confirmar si lo que le propongo es viable. Sé también que dentro de los próximos dos minutos tendré la respuesta.
-David ¿vos tuviste en cuenta que vamos a necesitar una nueva campaña publicitaria para comunicar este nuevo producto? -me sorprende con cierta inquietud. 
-Obvio, -le miento- está todo pensado.
-Entonces... ¡Hagámoslo! -me responde, con la felicidad de aquel que se prepara para ir a cobrar la lotería. 

Los días se suceden de manera vertiginosa. Y todo parece estar amparado bajo la prodigiosa luz de un milagro. La aprobación de los planos, la creación de los diseños, los primeros prototipos, los test de resistencia, la cadena de producción en serie, la campaña publicitaria.
Gracias a la gestión de funcionarios que trabajan en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), la legislatura porteña aprueba que se declare obligatorio el uso de las nuevas ventanas con salida de emergencia en la construcción de los nuevos complejos habitacionales de Capital Federal.
Armando Quinteros gana todas las licitaciones para proveer de ventanas anti-incendio a todos los edificios de la administración pública, incluida la quinta presidencial.
Nuestra alegría es comparable a la satisfacción por haber ganado un mundial de fútbol. Siendo nosotros Maradona y Messi. 

De a poco, los frentes de las casas, se van tiñendo de rojo por la presencia de las rejas anti-incendio que comienzan a exhibirse en toda la ciudad.

Y así, se va cerrando el círculo que comenzó con una tragedia y que ahora promete dar solución a un problema que se puede prevenir, para no quedar atrapado bajo las garras del peligro.
En homenaje a esa familia y tantas otras que no pudieron salir.

-David!, David!. Despertate! Dale!, Despertate, rápido!!
-Eh? Qué pasa! Qué pasa!
-David, mi marido!! Pensé que iba a venir mañana y se adelantó un dia!. Vestite! Te tenés que ir ya!!
-Ya voy! Ya voy!
-Apurate que está entrando!
Encaro para la ventana y veo que a través de la cortina se dibujan los barrotes de una reja. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo y, por un instante, pienso que son mis últimos segundos de vida. Corro la cortina y el logo de "Industrias Quinteros", grabado en el botón de destrabe de la reja, me rescata de tan terrible pesadilla.

Ya alejado de la zona de conflicto, respiro nuevamente y le pido a Dios que haga que se coloquen estas rejas en todas las ventanas del mundo. No sé cuántas vidas van a salvar, pero por ahora, es más que suficiente con que hayan salvado la mía.