sábado, 2 de diciembre de 2017

"Sin vos no vivo" (Tango)

Me hacés mal y lo sé,
es de terror el aire que respiro.
Sin embargo, comprobé,
con estupor, que yo, sin vos no vivo.
Fue alejarme de tus lunas,
de tus calles, de tu río
para ver que no hay ninguna
que provoque este amor mío.
Me hacés mal y lo sé,
pero sin vos no puedo vivir.

Buenos Aires, hoy y aquí
te canto así mi ardiente metejón
que huele a hollin, asfalto y bandoneón
y a bodegón queriendo milonguear.
Sos mi ciudad y aunque me hagas sufrir
y destrocés a golpes mi ilusión,
no habrá lugar mejor para morir
llenándome de tango el corazón.

Me hacés daño y lo sé
pero tu atmósfera espesa y tu paisaje
se hicieron carne en mi piel
como las marcas eternas de un tatuaje.
Hoy no puedo despegarme
de tu música y tu vino
y aunque quisiera ya es tarde
pa' tomar otro camino.
Mi ciudad, mi pasión,
mi amarga condena y mi salvación.

Buenos Aires, hoy y aquí
te canto así mi ardiente metejón
que huele a hollin, asfalto y bandoneón
y a bodegón queriendo milonguear.
Sos mi ciudad y aunque me hagas sufrir
y destrocés a golpes mi ilusión,
no habrá lugar mejor para morir
llenándome de tango el corazón.
Me hacés mal y lo sé
pero sin vos no puedo vivir.



"Tu presencia". (Chamamé)

Cuando la densa oscuridad de una tormenta,
me obliga a hacer un alto para descansar,
viene a mi mente el fulgurar de  tu presencia,
y un sol hermoso, para mí, vuelve a brillar.

Por más que sople el más potente de los vientos,
por más que arrecie la más grande tempestad,
digo tu nombre y enseguida te presiento
y es tu presencia la que me hace continuar.

Es tu presencia
la luz del alba,
la que ilumina
mi amanecer.
La que me llena
de fuerza el alma,
la que me impide
retroceder.

Y si algún día
las inclemencias
de otra tormenta
me hacen caer,
con la potencia
de tu presencia
me haré más fuerte
y me levantaré otra vez.

Será, tal vez, porque he nacido peregrino
que es mi destino recorrer la inmensidad,
y, frente a cada desafío del camino,
pensar en ti me dio tanta serenidad.

Que junto a mí nunca me falte tu presencia,
que me acompañe desde aquí a la eternidad,
que cada día la alegría me sorprenda,
dando las gracias por tanta felicidad.

Es tu presencia
la luz del alba,
la que ilumina
mi amanecer.
La que me llena
de fuerza el alma,
la que me impide
retroceder.

Y si algún día
las inclemencias
de otra tormenta
me hacen caer,
con la potencia
de tu presencia
me haré más fuerte
y me levantaré otra vez.













sábado, 24 de junio de 2017

"Secuestraron a mi hijo".

Milagro. Haber llegado a la escuela de mi hijo para pasarlo a buscar con dos minutos de anticipación es un milagro.
Yo, que hice de la impuntualidad la forma más natural y sencilla de destacarme en algo.
Y ver cómo un auto abandona su lugar para concedérmelo generosamente, en una ciudad donde estacionar es una utopía, doblemente milagroso.
Bajo del auto, con la intuición afilada, producto de la gimnasia que todos los días me provocan las noticias sobre inseguridad.
Es lo que me hace, de manera inconsciente, mirar a ambas esquinas antes de entrar a cualquier lado.
Parado frente a la puerta de la escuela, no hago más que lanzar la vista hacia una de las esquinas para ver a mi hijo caminando a paso vivo, arrastrado por la mano de un hombre que se aleja con rapidez.
-¡Benjaaa! –grito, atragantado por la angustia de saber que alguien lo está secuestrando.
El tipo, alertado por lo alarmante de mi grito, se da vuelta y al ver que inicio una frenética carrera para alcanzarlos, arroja a Benjamín al asiento de atrás de un sandero gris y en un instante está sentado frente al volante para eyectar su vehículo de manera violenta, en medio de un chirrido agudo de gomas humeantes de velocidad.
Todo el esfuerzo descomunal que hago para impedir que se lleven a mi hijo resulta infructuoso. Como si una fuerza invisible
y maligna me impidiera avanzar para llegar a tiempo, y mis movimientos estuviesen frenados por una atmósfera espesa que sólo me permite correr en cámara lenta.
Vuelvo a buscar el auto, desesperado, tocándome todos los bolsillos para encontrar la llave, confirmando una vez más que cuando me invade el pánico ningún vestigio de racionalidad me ayudan a resolver los problemas con un mínimo de sentido común.
Sin un segundo para desperdiciar, veo de reojo que desde la vereda de enfrente se refracta la pechera flúo de un policía que parece
formar parte del conjunto de maniquíes de una boutique.
-¡Secuestraron a mi hijooo! -grito, intentado sumar al oficial a mi enloquecida persecución-. ¡Ayudaa!
Nada pude sacar al policía del trance que lo sumerge la luz hipnótica de su celular. Nunca se enterará que pudo haber evitado un secuestro, aunque sea fingiendo estar atento a lo que pasa en la calle.
Ya frente a mi auto, trato de enfriar la cabeza para evitar que la torpeza de mis manos trabe la cerradura con la llave.
La luz roja del semáforo de la esquina, me da la esperanza de suponer que tal vez todavía el sandero no haya podido abandonar la cuadra. Arranco el auto y maldigo la suerte que me proporcionó ese lugar tan estrecho que me obliga a hacer varias maniobras para salir. La luz del semáforo se pone en verde y comienzo a tocar bocina como un loco intentando lograr que me cedan el paso. Nadie parece inmutarse ante mi desaforada urgencia. El tránsito avanza lentamente faltando tres cuadras para la avenida Córdoba.
En una secuencia de zigzagueos temerarios, logro identificar al sandero gris que va a dos autos adelante.
Me veo obligado a avanzar por la derecha de los vehículos que me preceden y, al ponerme a la par del segundo,
con un fuerte volantazo a la izquierda, lo encierro para que me permita ponerme detrás del sandero. Bocinazos, luces,
y toda calse de insultos del que tuvo que frenar abruptamente para no ser chocado por mí.
Los espejos retrovisores del sandero proyectan, por la izquierda, la cara del tipo que se está llevando a mi hijo; y por la derecha, apenas la punta de la cabeza de Benja que, imagino, debe estar llorando.
Me pego al sandero; estamos llegando a avenida Córdoba con semáforo en verde; el tipo pone luz de giro a la izquierda, pero sé que no va a doblar; es un truco para obligarme a frenar y no lo voy a hacer. Acelero pegado a su paragolpes.
El desgraciado dobla. Sin frenar, doblo desesperadamente a la izquiera poniendo a mi auto al borde del vuelco.
Otra vez los bocinazos y los gritos de los peatones que se salvaron de milagro ponen en alerta al secuestrador.
Esta vez es él el que fija sus ojos en mí a través del espejo retrovisor. Comienza a acelerar. Me pego a la succión de su auto.
La onda verde de la avenida Córdoba redobla la apuesta de la velocidad. No sé cómo va a terminar esta pesadilla.
Todo parece irreal. Ya perdí noción de las cuadras que atravesamos con el acelerador al tope.
La luz de stop del sandero no me puede engañar. Freno acompañando la detención brusca y lo sigo, doblando a la derecha.
¡Se metió de contramano! Un camión de Coca Cola estacionado en doble fila sólo deja espacio para pasar subiendo a la vereda ¡que está llena de packs de gaseosas! El sandero apunta a la pila de gaseosas y las arroja con onda expansiva hacia todas partes, incrustando botellas en las vidrieras que se desvanecen como un glaciar en deshielo. Sin detenerme a pensar si lo estoy soñando,
mi único objetivo es no perder de vista ese auto y rogar que los insufribles embotellamientos que tanto me torturan día a día,
hagan hoy su trabajo y obliguen a detener la marcha del que me está arrebatando la vida. Sigo el trayecto del sandero, reventando las botellas que quedaron esparcidas por todos lados. Al llegar a la esquina, dobla a la izquierda y con una acelerada que suelda mi nuca al apoyacabeza, vuelvo a estar pegado al paragolpes del otro, como si fuésemos un tren lanzado al infierno.
El sandero va a toda velocidad hacia la avenida Scalabrini Ortiz. En la siguiente cuadra, un enjambre de andamios armados en la vereda obliga a la gente a transitar por la calle, convirténdola casi en peatonal. El de adelante no tiene otra opción que frenar de golpe para evitar atropellar a alguno. Inevitablemente impacto contra su paragolpes, que junto con el mío,
quedan totalmente destrozados. El tipo no parece haber registrado el golpe. Superado el tumulto de gente, el sandero despega quemando gomas, sacándome una ventaja de media cuadra. El semáforo de Scalabrini Ortiz podría haberlo detenido pero reacciona demasiado tarde. Cuando el tipo está cruzando la avenida, se pone en amarillo, de manera que cuando es mi turno cruzarla, el semáforo ya está en rojo. Especulo con la lentitud con la que siempre arrancan los que están primeros en la fila, y decido cruzar en rojo, llevando al motor a su máxima potencia.
Un colectivo de la línea 86 que está a punto de hacerme pedazos por la derecha, se incrusta de lleno sobre mi parabrisas siendo su número de interno, el trece, lo último que veo pegado a mi cara, antes de desvanecerme por el terrible impacto que convierte a mi auto en un bollo de papel de alfajor.

Lentamente, voy despertando a la vida. Trato de indagar dónde estoy con la pesadez con la que se enciende una computadora vieja. El olor penetrante a desinfectante, los gritos desgarradores de una mujer que le ordena a alguien que no se muera y el sacudón provocado por una camilla que choca contra la mía abriéndose paso a los empujones debido a que su ocasional ocupante está más cerca de ver la luz al final del túnel que yo, me dan un claro indicio de que estoy en la guardia de un hospital.
La ecuación "inicio milagroso-final desastroso" con la que inicié mi raid de sucesos desde que fui a buscar a mi hijo, me hacen sospechar que el final de mi jornada puede llegar a ser más terrorífico aún. Ya que me salvé de milagro.
Intento incorporarme y el piso se vuelve techo. Caigo destartalado sobre la camilla y el mareo se convierte en mi peor enemigo.
-¡Secuestraron a mi hijo!-le grito a un enfermero que corre hacia mí para evitar que me caiga de la camilla.
Por efecto de los sedantes, mis palabras suenan incompresibles y mi lengua parece estar adormecida. El enfermero ignora todo lo pueda decirle porque mis frases, para él, son sólo quejidos.
-Quedate tranquilo que lo peor ya pasó. No te esfuerces por hablar porque en este momento no te hace bien. Descansá, que un par de días te vas a tu casa -me consolaba el enfermero con espíritu amistoso. Conduce la camilla hasta una sala y me deposita en una de las camas.
-En esta bolsa hay algunas cosas que pudimos rescatar del auto: un maletín, tus documentos y tu celular. Te la dejo.
En un rato viene el médico a controlarte. ¿Querés que le avise a tu familia?
Respondo con un gesto afirmativo, ya que es inútil intentar hablar. El enfermero busca en la bolsa hasta dar con el celular y lo inicia.
-Tenés 16 llamadas perdidas y un mensaje de voz de una tal... "Marcela", ¿tu mujer?
Digo que sí con la cabeza, invadido por la desesperación por saber algo de mi hijo. Y porque no tenía sentido aclarar que es mi ex. Tal vez Marcela ya tenga la cifra que piden por el rescate.
-Te voy hacer escuchar el audio, ahí va.
"¡Escuchame, pedazo de irresponsable! Me acaba de llamar la directora de la escuela diciéndome que cuando la maestra estaba por entregarte a Benja, saliste corriendo quién sabe detrás de quién y no volviste más. Ni Benja ni la maestra entendían nada. ¡¡¿Me querés decir para qué mierda rompiste tanto las pelotas para que te diera la tenencia si cuando te pido que hagas algo por él, ni siquiera sos capaz de ir a buscarlo a la escuela?!!"






domingo, 4 de junio de 2017

"Tal vez..."

Tal vez haya olvidado tu perfume y tu risa
que juntos destrozábamos con tazas de café.
Tal vez ya no recuerde lo que nos prometimos,
desenvolviendo noches hasta el amanecer.

Tal vez haya olvidado el color de tu risa
transformada en los pétalos de una flor de papel.
Tal vez sea imposible recuperar la magia
que irradiaban los besos de tus labios de miel.

Tal vez ya no recuerde mis versos susurrados
que en clandestinas sombras acariciaban tu piel.
Tal vez haya olvidado tu música y tus letras
pintadas en canciones que junto a vos canté.

Pero pasa que el tiempo, igual que la llovizna,
germina la semilla que lucha por crecer,
y así se fue gestando este embrión de recuerdos
que acuchillan el alma en cada atardecer.

Tal vez nunca he querido abandonar el sueño
de escuchar que tus pasos me quieran sorprender.
Tal vez te esté llamando sin pronunciar tu nombre,
recortando los pétalos de otra flor de papel.

Tal vez sea esta noche la que eligió tu risa
para darme el regalo de volver a nacer.
Tal vez mañana mismo amanezcamos juntos,
dejando abandonadas dos tazas de café.




lunes, 1 de mayo de 2017

"La muerte del rey frigerio".

El rey de los frigerios yace muerto en la cima escarpada de una roca. Ya está anocheciendo y, desde que despuntó el alba, al inicio del día, nadie ha sabido de él todavía. En la corte, la preocupación que comenzó como una rutina, ya que el rey acostumbraba a desaparecer por una horas para -según él- hablar con los espíritus, empezaba a tornarse caótica. Nadie podía suponer que el Imperio Friger estuviese a la deriva por más de doce horas por ausencia del monarca. De él dependían todas las decisiones que se tomasen. Y el rey se había esfumado.
Su cuerpo estaba tendido boca arriba, con los brazos abiertos y con una flecha clavada en el corazón, desde donde brotaba, ya seca por la brisa marina que cristalizaba los fluidos, una cascada de sangre que le cubría gran parte del traje de gala hasta vertirse sobre la roca que lo sostenía, contrastando ese rojo intenso con el gris inerte de las piedras.
El rey de los frigerios  no podía ignorar que su destino final iba a ser éste. ¿Cómo es que no pudo hacer nada para evitarlo si vivía escapando del mal gracias a su extraordinario don?
Desde niño, supo notar que contaba con una innata habilidad para poder vislumbrar el futuro muchísimo tiempo antes de que éste se convirtiese en presente. Es así que nunca pudieron sorprenderlo los días en que su maestro pretendía tomarlo desprevenido con un examen sin aviso. En su mente aparecían muy claras las preguntas que su instructor habría de hacerle y el pequeño príncipe se preparaba durante largas horas para luego dejar estupefacto a su educador que quedaba mudo ante tan acertadas respuestas.
Siendo un adolescente, podía ver con absoluta claridad el momento en que los dados lo iban a favorecer durante los juegos de azar que se disputaban en el salón de los nobles de la Casa Real. Nadie podía derrotarlo ante ninguna apuesta. Su don le permitía apostar todas sus fichas o abstenerse de hacerlo, según se lo indicara su intuición que comenzaba a manifestarse con asombrosa precisión.
Cuando su padre, el rey Anselmo V, se vio obligado a cederle el trono debido a una creciente enfermedad que le impedía cabalgar y mostrarse en público de manera digna, el joven heredero continuó con la campaña de conquistas que su progenitor diseñó para apropiarse de los valles fértiles del imperio de Aflandia. Fue así que su clarividencia le dictaba qué comarca carecía de un ejército regular que la defendiera y, de esta manera, entraba ocupando una aldea sin siquiera proveer a sus soldados de espadas para atacar. Y cuando ponía sus ojos en una población cuyas imágenes del futuro lo mostraban cayendo derrotado junto a su ejército aniquilado, evitaba inmediatamente confrontar y su ambición se ponía rumbo hacia otra región. "En el mundo es mayor la cantidad de gente mansa -decía-. Para qué intentar comer carne de león si las ovejas se rinden a mis pies". Fue así que sin dotar a su ejército de estrategias ofensivas ni armamento específico para luchar contra otros ejércitos, igualmente su dominio se extendió por todo el norte del continente, y las riquezas del Imperio Friger se multiplicaron en corto tiempo. Nadie podía explicar la clave de su poder para conquistar reinados enteros sin derramar una sola gota de sangre. Excepto por su capacidad -que era un secreto que sólo él sabía- para ver el futuro y escapar de los peligros que hizo que jamás se preocupara por entrenarse en el indispensable arte marcial que lo convirtiese en un guerrero de pura sangre.
"El guerrero sin espada", lo llamaban los oficiales comandantes de su caballería que veían en la imagen de su rey la reencarnación de un dios provisto de poderes especiales para producir milagros.

El Consejo de Ministros del imperio fue reunido de urgencia para comenzar a planificar la búsqueda de Su Majestad.

Consciente  de la gravedad con que estaban evolucionando los acontecimientos por la falta de noticias sobre el rey, su hermana mayor, la princesa Virginia, acudió a la consulta de una vieja amiga de la familia real, quien hacía la veces de abuela sustituta, consejera y hasta de hechicera cuando las circunstancias exigían el empleo de remedios sobrenaturales para superar una dificultad. Luego de escalar con creciente esfuerzo hasta llegar a lo alto de una montaña y acompañada por dos guardias, Virginia tocó la puerta de la anciana con quien, al verla, se confundió en un largo abrazo.
-Lo imprevisto de tu presencia y la cara de preocupación que traes me dicen que ésta no es una visita de cortesía. Ven, pasa. Justo estaba encendiendo el fuego para calentar el té.
Virginia se sentó frente a una mesa mientras la abuela servía dos tazas de té.
-Se trata de Enrique, abuela. Esta mañana lo vieron salir con dirección a las colinas del norte, habiéndole ordenado a sus guardias que no lo acompañaran. Temo que algo malo le haya sucedido. Tú que puedes ver más allá ¿podrás decirme qué pudo haberle pasado?
La abuela miró fijamente a Virginia, en silencio, estudiando detenidamente su mirada por un instante para encontrar en ella el reflejo de su alma. Luego de tomar un sorbo de té, volvió a mirarla con profundidad.
-La que sabe eres tú.
-¿Yo? -respondió la princesa totalmente sorprendida-. ¡Si lo supiese no estaría aquí! ¿Qué te hace suponer que lo sé?
-Tú, además de ser su hermana, siempre has sido su confidente. Siempre fueron así desde niños. Nadie sabe más de Enrique que tú y la clave para encontrarlo la tienes tú.
-Te pido por favor que me ayudes a encontrar esa clave, abuela. Algo me dice que esta vez su ausencia es por causa de algo grave.
El rostro de Virginia comenzó a desfigurarse. Sus manos, que tomaron las manos de la abuela, comenzaron a temblar. Su mirada lucía empañada por las lágrimas que asomaban revelando su desesperación.
La abuela inició su interrogatorio para empezar a armar las piezas de un rompecabezas totalmente desordenado. Por eso, y dada la urgencia del caso, fue directamente al grano.
-Hay algo que haya pasado últimamente y que forme parte de los tantos secretos que tienen entre los dos?
-Tal vez sí -respondió la princesa, con los ojos cerrados, como buscando en la profundidad de su conciencia-. Hubo un momento en que Enrique comenzó a mirar de manera especial a una doncella de mi madre -continuó Virginia-. Cada vez que mi madre recibía la visita de Enrique, estallaba en alegrías, sin saber que en realidad sólo lo hacía para ver a su doncella. Las visitas empezaron a hacerse más frecuentes y debo reconocer que al menos sirvieron para mejorar la relación entre mi madre y Enrique quienes nunca se llevaron bien. El caso es que gracias a esas visitas, madre e hijo aprendieron a conocerse y a comprenderse. Durante la gala que ofreció el canciller de Salesburgo en el Palacio Mires y a la cual asistió mi madre acompañada por Enrique en representación de mi padre que estaba impedido por su enfermedad, la doncella y el príncipe heredero desaparecieron por unas horas y allí comenzó a gestarse una locura de la cual mi hermano jamás fue consciente. Sin embargo, reconocía que esa relación sería considerada un sacrilegio para la familia y para todo el Imperio Finger al estar fuera de todos los cánones permitidos por nuestra tradición. Aún así, Enrique vio a este romance como una oportunidad más para seguir desplegando sus dones de visionario del futuro, haciendo de este amor prohibido la madre de todas las batallas de la que él, estaba seguro, saldría victorioso. Finalmente, me confesó que tuvo un sueño. Un sueño en donde se le aparecía un ángel provisto de arco y flechas que lo citaba para hoy, antes del amanecer para que ambos se batiesen a duelo. "Si quieres el amor de esa mujer y crees que es lo suficientemente importante como para dar la vida por ella, tendrás que ganártelo en una batalla", fueron las palabras del ángel en boca de Enrique.
Tal vez fui demasiado incrédula, abuela. Jamás hubiese pensado que Enrique le hiciese caso a esas fantasías. Hoy, sólo me invade el temor de sospechar que su pesadilla, finalmente, se hizo realidad. ¡Me siento tan culpable al no haber impedido que saliese al encuentro de ese ángel!
Virginia rompió en un llanto profundo, conmovido y estremecedor. Sus manos, apoyadas en la mesa, sostenían el rostro desbordado de lágrimas. Lágrimas que anunciaban el presagio de lo inevitable.
La abuela intentó desvanecer el llanto de Virginia esbozando sus pensamientos en voz alta para rescatarla de ese trance.
-Conozco a tu hermano desde antes que naciera. Nadie mejor que yo sabe de la ansiedad de tu madre cuando vino a consultarme sobre su embarazo y la posibilidad de que esa vez fuera un niño que asegurara la sucesión del trono. En ese momento pude revelarle a tu madre que, sin dudas, iba a nacer su primer hijo varón. Que sería un niño con un don extraordinario: el poder de ver el futuro mucho antes que cualquier otro ser sobre la tierra. Que ese don lo llevaría a la cima de la popularidad y el poder para conquistar cualquier meta que se propusiese, pero que sería sumamente nefasto para él si no aprendía a manejarlo con sabiduría y equilibrio. Y esa tarea, la de enseñarle a tener un control rígido sobre su don, le correspondía a tus padres. Era evidente que al poco tiempo de empezar a transitar los primeros pasos de su infancia, Enrique manejaba la voluntad de tus padres como quería. Tal vez, el profundo amor que le tenían, por lo que representaba ese hijo para el trono, hizo que descuidaran la formación de Enrique, impidiendo que se forjara en él el carácter firme que necesita un monarca para enfrentarse a los constantes retos de la adversidad. Su don para intuir los problemas mucho antes que nadie hizo que siempre huyera de estos y no los enfrentara para resolverlos de una vez. Su capacidad para ver las dificultades con anticipación lo convirtió en un soldado que jamás aprendió a pelear. Y la más dura adversidad, por lo que me cuentas, se le presentó con la grácil forma de una mujer. Que le tapó los ojos. Porque el amor, mi querida Virginia, ciega la visión de quien es su prisionero, nubla su mente y lo despoja de la razón que le permite actuar con sentido común. De manera que siendo uno incapaz de sostener una espada y con una venda en los ojos, tiene muy pocas probabilidades de sobrevivir a una embestida como la que le toca padecer hoy a tu hermano.
Virginia cambió por completo el semblante. Se secó inmediatamente las lágrimas, controló con sus manos su cabello y su ropa para asegurarse que todo estuviese en su sitio y del brazo de la abuela se dirigió hacia la puerta. Se miraron de frente y antes de darse un largo abrazo, la abuela derramó sus últimas palabras a modo de consejo de despedida.
-Nunca pidas aniquilar a tu enemigo. Porque será tu enemigo y todos los problemas que él te cauce los que te entrenarán para hacerte fuerte frente a la dificultad.
El abrazo fue largo y sentido. La salida de la casa de la abuela estuvo enmarcado por un profundo silencio que calaba el alma.
Virginia llegó al palacio real dispuesta a enfrentar la realidad.
Después de una noche intensa de búsqueda, un mensajero entra corriendo al salón del Concejo de Ministros tras una frenética cabalgata por las laderas de las montañas. En sus manos traía una nota firmada por el comandante de la guardia real y cuyo contenido nadie se atrevía a leer. Porque el fin del imperio, tal vez, estaba reducido a las pocas palabras que formaban esa oración: "El rey de los frigerios yace muerto en la cima escarpada de una roca".