lunes, 1 de mayo de 2017

"La muerte del rey frigerio".

El rey de los frigerios yace muerto en la cima escarpada de una roca. Ya está anocheciendo y, desde que despuntó el alba, al inicio del día, nadie ha sabido de él todavía. En la corte, la preocupación que comenzó como una rutina, ya que el rey acostumbraba a desaparecer por una horas para -según él- hablar con los espíritus, empezaba a tornarse caótica. Nadie podía suponer que el Imperio Friger estuviese a la deriva por más de doce horas por ausencia del monarca. De él dependían todas las decisiones que se tomasen. Y el rey se había esfumado.
Su cuerpo estaba tendido boca arriba, con los brazos abiertos y con una flecha clavada en el corazón, desde donde brotaba, ya seca por la brisa marina que cristalizaba los fluidos, una cascada de sangre que le cubría gran parte del traje de gala hasta vertirse sobre la roca que lo sostenía, contrastando ese rojo intenso con el gris inerte de las piedras.
El rey de los frigerios  no podía ignorar que su destino final iba a ser éste. ¿Cómo es que no pudo hacer nada para evitarlo si vivía escapando del mal gracias a su extraordinario don?
Desde niño, supo notar que contaba con una innata habilidad para poder vislumbrar el futuro muchísimo tiempo antes de que éste se convirtiese en presente. Es así que nunca pudieron sorprenderlo los días en que su maestro pretendía tomarlo desprevenido con un examen sin aviso. En su mente aparecían muy claras las preguntas que su instructor habría de hacerle y el pequeño príncipe se preparaba durante largas horas para luego dejar estupefacto a su educador que quedaba mudo ante tan acertadas respuestas.
Siendo un adolescente, podía ver con absoluta claridad el momento en que los dados lo iban a favorecer durante los juegos de azar que se disputaban en el salón de los nobles de la Casa Real. Nadie podía derrotarlo ante ninguna apuesta. Su don le permitía apostar todas sus fichas o abstenerse de hacerlo, según se lo indicara su intuición que comenzaba a manifestarse con asombrosa precisión.
Cuando su padre, el rey Anselmo V, se vio obligado a cederle el trono debido a una creciente enfermedad que le impedía cabalgar y mostrarse en público de manera digna, el joven heredero continuó con la campaña de conquistas que su progenitor diseñó para apropiarse de los valles fértiles del imperio de Aflandia. Fue así que su clarividencia le dictaba qué comarca carecía de un ejército regular que la defendiera y, de esta manera, entraba ocupando una aldea sin siquiera proveer a sus soldados de espadas para atacar. Y cuando ponía sus ojos en una población cuyas imágenes del futuro lo mostraban cayendo derrotado junto a su ejército aniquilado, evitaba inmediatamente confrontar y su ambición se ponía rumbo hacia otra región. "En el mundo es mayor la cantidad de gente mansa -decía-. Para qué intentar comer carne de león si las ovejas se rinden a mis pies". Fue así que sin dotar a su ejército de estrategias ofensivas ni armamento específico para luchar contra otros ejércitos, igualmente su dominio se extendió por todo el norte del continente, y las riquezas del Imperio Friger se multiplicaron en corto tiempo. Nadie podía explicar la clave de su poder para conquistar reinados enteros sin derramar una sola gota de sangre. Excepto por su capacidad -que era un secreto que sólo él sabía- para ver el futuro y escapar de los peligros que hizo que jamás se preocupara por entrenarse en el indispensable arte marcial que lo convirtiese en un guerrero de pura sangre.
"El guerrero sin espada", lo llamaban los oficiales comandantes de su caballería que veían en la imagen de su rey la reencarnación de un dios provisto de poderes especiales para producir milagros.

El Consejo de Ministros del imperio fue reunido de urgencia para comenzar a planificar la búsqueda de Su Majestad.

Consciente  de la gravedad con que estaban evolucionando los acontecimientos por la falta de noticias sobre el rey, su hermana mayor, la princesa Virginia, acudió a la consulta de una vieja amiga de la familia real, quien hacía la veces de abuela sustituta, consejera y hasta de hechicera cuando las circunstancias exigían el empleo de remedios sobrenaturales para superar una dificultad. Luego de escalar con creciente esfuerzo hasta llegar a lo alto de una montaña y acompañada por dos guardias, Virginia tocó la puerta de la anciana con quien, al verla, se confundió en un largo abrazo.
-Lo imprevisto de tu presencia y la cara de preocupación que traes me dicen que ésta no es una visita de cortesía. Ven, pasa. Justo estaba encendiendo el fuego para calentar el té.
Virginia se sentó frente a una mesa mientras la abuela servía dos tazas de té.
-Se trata de Enrique, abuela. Esta mañana lo vieron salir con dirección a las colinas del norte, habiéndole ordenado a sus guardias que no lo acompañaran. Temo que algo malo le haya sucedido. Tú que puedes ver más allá ¿podrás decirme qué pudo haberle pasado?
La abuela miró fijamente a Virginia, en silencio, estudiando detenidamente su mirada por un instante para encontrar en ella el reflejo de su alma. Luego de tomar un sorbo de té, volvió a mirarla con profundidad.
-La que sabe eres tú.
-¿Yo? -respondió la princesa totalmente sorprendida-. ¡Si lo supiese no estaría aquí! ¿Qué te hace suponer que lo sé?
-Tú, además de ser su hermana, siempre has sido su confidente. Siempre fueron así desde niños. Nadie sabe más de Enrique que tú y la clave para encontrarlo la tienes tú.
-Te pido por favor que me ayudes a encontrar esa clave, abuela. Algo me dice que esta vez su ausencia es por causa de algo grave.
El rostro de Virginia comenzó a desfigurarse. Sus manos, que tomaron las manos de la abuela, comenzaron a temblar. Su mirada lucía empañada por las lágrimas que asomaban revelando su desesperación.
La abuela inició su interrogatorio para empezar a armar las piezas de un rompecabezas totalmente desordenado. Por eso, y dada la urgencia del caso, fue directamente al grano.
-Hay algo que haya pasado últimamente y que forme parte de los tantos secretos que tienen entre los dos?
-Tal vez sí -respondió la princesa, con los ojos cerrados, como buscando en la profundidad de su conciencia-. Hubo un momento en que Enrique comenzó a mirar de manera especial a una doncella de mi madre -continuó Virginia-. Cada vez que mi madre recibía la visita de Enrique, estallaba en alegrías, sin saber que en realidad sólo lo hacía para ver a su doncella. Las visitas empezaron a hacerse más frecuentes y debo reconocer que al menos sirvieron para mejorar la relación entre mi madre y Enrique quienes nunca se llevaron bien. El caso es que gracias a esas visitas, madre e hijo aprendieron a conocerse y a comprenderse. Durante la gala que ofreció el canciller de Salesburgo en el Palacio Mires y a la cual asistió mi madre acompañada por Enrique en representación de mi padre que estaba impedido por su enfermedad, la doncella y el príncipe heredero desaparecieron por unas horas y allí comenzó a gestarse una locura de la cual mi hermano jamás fue consciente. Sin embargo, reconocía que esa relación sería considerada un sacrilegio para la familia y para todo el Imperio Finger al estar fuera de todos los cánones permitidos por nuestra tradición. Aún así, Enrique vio a este romance como una oportunidad más para seguir desplegando sus dones de visionario del futuro, haciendo de este amor prohibido la madre de todas las batallas de la que él, estaba seguro, saldría victorioso. Finalmente, me confesó que tuvo un sueño. Un sueño en donde se le aparecía un ángel provisto de arco y flechas que lo citaba para hoy, antes del amanecer para que ambos se batiesen a duelo. "Si quieres el amor de esa mujer y crees que es lo suficientemente importante como para dar la vida por ella, tendrás que ganártelo en una batalla", fueron las palabras del ángel en boca de Enrique.
Tal vez fui demasiado incrédula, abuela. Jamás hubiese pensado que Enrique le hiciese caso a esas fantasías. Hoy, sólo me invade el temor de sospechar que su pesadilla, finalmente, se hizo realidad. ¡Me siento tan culpable al no haber impedido que saliese al encuentro de ese ángel!
Virginia rompió en un llanto profundo, conmovido y estremecedor. Sus manos, apoyadas en la mesa, sostenían el rostro desbordado de lágrimas. Lágrimas que anunciaban el presagio de lo inevitable.
La abuela intentó desvanecer el llanto de Virginia esbozando sus pensamientos en voz alta para rescatarla de ese trance.
-Conozco a tu hermano desde antes que naciera. Nadie mejor que yo sabe de la ansiedad de tu madre cuando vino a consultarme sobre su embarazo y la posibilidad de que esa vez fuera un niño que asegurara la sucesión del trono. En ese momento pude revelarle a tu madre que, sin dudas, iba a nacer su primer hijo varón. Que sería un niño con un don extraordinario: el poder de ver el futuro mucho antes que cualquier otro ser sobre la tierra. Que ese don lo llevaría a la cima de la popularidad y el poder para conquistar cualquier meta que se propusiese, pero que sería sumamente nefasto para él si no aprendía a manejarlo con sabiduría y equilibrio. Y esa tarea, la de enseñarle a tener un control rígido sobre su don, le correspondía a tus padres. Era evidente que al poco tiempo de empezar a transitar los primeros pasos de su infancia, Enrique manejaba la voluntad de tus padres como quería. Tal vez, el profundo amor que le tenían, por lo que representaba ese hijo para el trono, hizo que descuidaran la formación de Enrique, impidiendo que se forjara en él el carácter firme que necesita un monarca para enfrentarse a los constantes retos de la adversidad. Su don para intuir los problemas mucho antes que nadie hizo que siempre huyera de estos y no los enfrentara para resolverlos de una vez. Su capacidad para ver las dificultades con anticipación lo convirtió en un soldado que jamás aprendió a pelear. Y la más dura adversidad, por lo que me cuentas, se le presentó con la grácil forma de una mujer. Que le tapó los ojos. Porque el amor, mi querida Virginia, ciega la visión de quien es su prisionero, nubla su mente y lo despoja de la razón que le permite actuar con sentido común. De manera que siendo uno incapaz de sostener una espada y con una venda en los ojos, tiene muy pocas probabilidades de sobrevivir a una embestida como la que le toca padecer hoy a tu hermano.
Virginia cambió por completo el semblante. Se secó inmediatamente las lágrimas, controló con sus manos su cabello y su ropa para asegurarse que todo estuviese en su sitio y del brazo de la abuela se dirigió hacia la puerta. Se miraron de frente y antes de darse un largo abrazo, la abuela derramó sus últimas palabras a modo de consejo de despedida.
-Nunca pidas aniquilar a tu enemigo. Porque será tu enemigo y todos los problemas que él te cauce los que te entrenarán para hacerte fuerte frente a la dificultad.
El abrazo fue largo y sentido. La salida de la casa de la abuela estuvo enmarcado por un profundo silencio que calaba el alma.
Virginia llegó al palacio real dispuesta a enfrentar la realidad.
Después de una noche intensa de búsqueda, un mensajero entra corriendo al salón del Concejo de Ministros tras una frenética cabalgata por las laderas de las montañas. En sus manos traía una nota firmada por el comandante de la guardia real y cuyo contenido nadie se atrevía a leer. Porque el fin del imperio, tal vez, estaba reducido a las pocas palabras que formaban esa oración: "El rey de los frigerios yace muerto en la cima escarpada de una roca".




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