jueves, 12 de marzo de 2020

"El viejo motociclista".

Nadie podía calcular la edad don Eugenio Barrantes. Sólo podíamos arriesgar a decir que los años que llevaba encima eran muchos. Muchísimos. Los suficientes como para hacer que su barba blanca, el cabello largo plateado, y su extensa experiencia en mecánica de motos, lo hayan colocado en el lugar de un patriarca: en el Patriarca de las Motocicletas.
Cuando le llevé la mía aquel día, el viejo motociclista no tardó en darse cuenta de que mi falta de experiencia en el armado del carburador era la única razón por la cual mi máquina jamás arrancaría.
Con la serenidad de un sensei, el viejo Eugenio sentenció:
-Así en las motos como en la vida, existen reglas o normas que no se deben desconocer por nada del mundo. Hacerlo, implica afrontar las consecuencias de haber violado una la ley. Y es la causa natural de la mayoría de nuestros padecimientos.
-Es verdad -atiné a responder enseguida-. Empujar la moto hasta aquí fue un verdadero padecimiento.
-Si hubieses tenido en cuenta la flecha grabada en el flotador que indica la posición correcta en que debe ser colocado, no hubieses tenido que pasar por todos esos padecimientos.
-En realidad, no lo sabía -me justifiqué-. De haberlo sabido, no estaría aquí.
-Está indicado en el manual de uso de tu moto, el que trajo cuando la compraste -rebatió don Eugenio mientras le daba arranque a la moto.
-Los manuales de usuarios, las reglas de procedimientos, las cartillas de instrucción, los modos de uso, e incluso la Biblia -continuó don Eugenio, mientras me acompañaba a la calle- son mapas que te guían para que transites un camino que te lleve a un destino feliz.
Es bueno tenerlos siempre a mano.
Si seguís sus indicaciones al pie de la letra, cada vez que hagas algo, te saldrá bien.
En ese momento sólo quería salir a la calle y seguir disfrutando de mi flamante moto.
Pero con los años comprendí que, como me enseñó el viejo motociclista, la vida se rige por leyes que, conociéndolas y practicándolas, nos garantizan la misma felicidad que experimenté aquella vez, cuando don Eugenio me devolvió una moto andando y con el carburador armado como Dios manda.






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