Esa mañana en particular, Mariana no tenía fuertes motivos para salir a limpiar parabrisas. Sin embargo sabía que en breve tendría que levantarse para no tener que soportar las protestas de su "socia y amiga" Grisel quien se ponía pesada cuando la encontraba durmiendo.
-¡Mariana! -la sorprendió Grisel, asumiendo su acostumbrado rol de madre mandona- ¿todavía seguís en la cama?
-Hoy no tengo ganas de salir -sentenció Mariana, con voz deprimida.
-¡Nada de bajones! - ordenó Grisel, mientras abría la ventana para que entrara el sol-. Hoy te necesito más que nunca, Mariana. Hoy tenemos que juntar más que otras veces. Porque vamos a festejar la navidad como nos lo merecemos.
- ¿Y cómo vamos a hacer?
- Sonriendo.
- ¿Qué?
- Sonriendo. Y te explico cómo: ¿Cómo estarías si al finalizar el día nuestro tarro de recaudación estuviese repleto?
- ¡Saltaría en una pata! -respondió Mariana, al mismo tiempo que saltaba de la cama.
- Bueno, eso es precisamente lo que vamos a hacer. Vamos a limpiar parabrisas imaginando que lo que juntamos superó todos los records. Y lo vamos a vivir por anticipado. Sintiéndonos súper felices. Como si ya lo hubiésemos logrado.
- Grisel ¿vos estás bien?
- Vos haceme caso, Mariana. Y lo vas a ver.
Ese día fue largo y extenuante. El calor del sol pegando en el asfalto hacía el aire irrespirable.
Y aunque las dos amigas lucían desalineadas y empapadas en sudor, la transparencia de sus sonrisas invitaban a los automovilistas a dejarse limpiar los vidrios, como si en ese acto se dejaran limpiar también las culpas que cada uno escondía en su corazón.
Al caer la tarde, la luz del sol se terminaba y la jornada laboral también. Casi sin fuerzas, Mariana y Grisel cayeron rendidas sobre el cordón de la avenida, pero custodiando un tarro desbordado de billetes.
Mariana no podía creer que se cumpliera lo que a la mañana era una profecía. Y Grisel había encontrado el secreto para hacer que la vida, de ahora en más, comenzara a ser la manifestación de su desprejuiciada y poderosa fe.